23 de noviembre de 2008

¿QUE CAMBIA CON OBAMA?

El triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales de EE.UU. ha impactado en el mundo entero. Tras ocho años de Bush, gobiernos y pueblos de Europa, Latinoamérica, Rusia, Irán, China y otros, expresan la esperanza de un cambio brusco en las relaciones con el superpoder mundial.En EE.UU. fue celebrado como un triunfo de las masas, con actos y movilizaciones multitudinarias. Al día siguiente de la elección, los medios masivos hicieron hincapié en el hito que significa la elección de un negro para la presidencia.Este hecho no es menor: efectivamente, es el triunfo de una lucha histórica.
En un país construido con la sangre y el sudor de esclavos africanos, donde hace 50 años Obama no hubiera podido siquiera votar, donde todavía hay más hombres negros en la cárcel que en la universidad, que una familia negra habite la Casa Blanca es una cachetada en la cara del racismo perverso, que tan útil le ha resultado a la clase dominante yanqui. Y es fruto de generaciones de lucha contra la opresión. Así lo expresó el 95% de los negros del país que votaron a Obama. También los altos índices entre latinos y asiáticos.
Pero lo que quebró el mito de un pueblo incurablemente retrógrado fue la votación de casi el 50% de la población blanca a favor de Obama.La victoria demócrata también refleja un alza en la conciencia de clase del pueblo estadounidense, un rechazo masivo a las políticas neoliberales que han hundido al mundo en la miseria a lo largo de las últimas tres décadas. Millones votaron a Obama y los demócratas, que aparte ampliaron su mayoría en ambas cámaras del Congreso, con la esperanza de que acaben con la carnicería en Irak, que arreglen el desastre inmobiliario a favor de los más afectados por la crisis financiera y que legislen de una vez por todas la cobertura médica universal.El discurso obamista de “un cambio en el que se puede creer” y varias promesas electorales ha alentado estas expectativas en EE.UU. y el mundo.
El camino entre lo dicho y lo hecho es derecho. Lo que hay que analizar es qué tan dispuesto estará el nuevo gobierno a emprender el viaje.Más que dicho está que Obama asumirá en el momento más complicado que le haya tocado a un presidente desde que Roosevelt asumió en plena Depresión en el año 1932. Y el presidente electo no ha perdido tiempo. Su equipo de transición está trabajando a toda máquina en su oficina de Chicago y ya va definiendo los pilares centrales del gobierno que asumirá el poder el 20 de enero. Aquí es donde van cayendo las piezas, cada una en su lugar como en un “tetris”, y se va dibujando un panorama cada vez más claro. Aquí toda suposición choca contra el muro de la cruda y evidente realidad, y se comienza a vislumbrar el camino que emprenderá el gobierno demócrata.La primera pieza será, a la vez, cimiento y pilar central del futuro gobierno. Se trata de Rahm Emanuel, el elegido para jefe de Estado mayor. Emanuel fue uno de los arquitectos de las políticas de los “demócratas nuevos” en la administración de Bill Clinton. El fin era reposicionar al Partido Demócrata, alejarse de su histórica base en los sindicatos y movimientos sociales para conseguir el apoyo directo de los grandes capitales. Fueron los años del NAFTA, de la destrucción del sistema de bienestar social, de los demócratas que avanzaron al neoliberalismo a saltos más grandes de lo que cualquier republicano se lo pudiera haber permitido.La segunda pieza que se viene acomodando es la mismísima Hillary Clinton. La encarnación de los “demócratas nuevos” es la elegida de Obama para ocupar la Secretaría de Estado, el eje central del gabinete. Lo único que el equipo de Obama quiere verificar antes de definirla es que no haya algo en los cuestionados orígenes de la fortuna del matrimonio Clinton que les vaya a explotar en la cara.Otra piecita más también se asoma. En el programa de CBS “60 minutos”, del 16 de noviembre,
Obama declaró que habrá por lo menos un republicano en su gabinete. Esta burla a la gente que votó en contra de los republicanos, en contra de los Clinton y a favor de un supuesto cambio en la manera de hacer política tiene una razón de ser: lo que más preocupa a Obama es demostrar que él es el mejor piloto para navegar el capitalismo a través de la tormenta de la crisis económica.Una señal clara fue su ferviente apoyo al salvataje de los bancos, que significó la mayor transferencia de dinero de los bolsillos del pueblo a los pozos de los más grandes y ricos estafadores del mundo.Otra se dejó ver durante la visita de los Obama a la Casa Blanca el 11 de noviembre. La discusión más transcendental que mantuvo el presidente electo con el saliente se trató de un pedido, por parte del primero hacia el segundo, de que apruebe un nuevo salvataje a las automotrices. Bush intentó negociarle ese apoyo a cambio de la aceptación de legisladores demócratas para el tratado de libre comercio con Colombia, que el republicano quiere terminar de acordar antes de dejar el poder.Ante la posibilidad de que la centenaria General Motors quiebre antes de que Obama asuma, lo que éste intenta demostrar es que él es un guardián del capital más responsable que los republicanos.
Podemos preveer políticas similares sobre los demás temas importantes. Tras prometer la retirada de Irak, Obama solo habla de “reubicar” tropas, pero manteniendo a varias decenas de miles de soldados en el país para tareas de contra-insurgencia, mantener bases militares permanentes y la oficina de la CIA más grande fuera de los EEUU en Bagdad. Su compromiso de conducir la “guerra mundial contra el terrorismo” mejor que Bush, prometiendo apuntalar la masacre en Afganistán, extender el conflicto a Paquistán de ser necesario e impedir, por cualquier medio, que Irán obtenga la bomba nuclear, superan las expectativas de una política exterior más diplomática.Es posible una mejor relación con Europa, e incluso con Rusia. Varios analistas ven la posibilidad de una reedición del viaje de Nixon a China, en un vuelo de Obama a Cuba para levantar un bloqueo económico que ya no le sirve a nadie.
Podemos llegar a ver una actitud menos hostil hacia Venezuela y Bolivia. Pero será en pos de demostrarle a la burguesía yanqui que ésta es la mejor manera de defender sus intereses y extraer de su patio trasero la máxima cantidad de riquezas para amortiguar la crisis. De hecho estas son las conclusiones a las que ha llegado la propia burguesía, que ha visto fracasar las aventuras golpistas en Venezuela y Bolivia, resultado que complicó su posicionamiento en el continente. Por eso el grueso del capital yanqui pasó su apoyo a los demócratas y Obama superó ampliamente a McCain en el financiamiento de su campaña. Ahora sí, el resultado de estas elecciones representa un cambio más que superficial en la política estadounidense. Pero tiene poco que ver con el cambio de mando en las alturas y mucho que ver con el cambio de ánimo, conciencia y confianza en las masas. Obama no asumirá la presidencia en el marco de escepticismo y pasividad que caracterizaron la mayor parte de las últimas tres décadas. Llegará a la Casa Blanca sobre una ola de rechazo a Bush y sus políticas neoliberales, en medio de una gran sensación de triunfo al haber derrotado a la derecha y de una disposición masiva a ser parte activa del cambio. El 15 de noviembre, por ejemplo, decenas de miles de personas se movilizaron en 300 ciudades en contra de una resolución aprobada en California que prohíbe el matrimonio homosexual.Este nuevo momento del pueblo estadounidense, sumado a la hegemonía demócrata en todos los ámbitos de poder, que le quita a Obama la posibilidad de echarle la culpa a los republicanos si no avanza de acuerdo a las exigencias populares, se traducirá en un gobierno más susceptible a la presión desde abajo que anteriores administraciones. Esta situación se puede agudizar. En primer lugar, porque los 55 millones que votaron a McCain señalan que la derecha, aunque derrotada, se mantiene viva. En segundo lugar porque la política que el pueblo siente haber derrotado no es propia de Bush, sino que la han llevado adelante ambos partidos, y Obama tendrá que hacer lo posible por amortiguar las expectativas del pueblo y buscar una salida de la crisis favorable a los capitalistas de siempre.Si buscásemos un paralelo histórico a la dinámica de clases que se ha dado en las elecciones del 2008, tendríamos que citar el triunfo de Roosevelt en 1932. Aquella victoria, como la de Obama, fue consecuencia de la bronca masiva surgida en una época de codicia capitalista desenfrenada que deslegitimó al mercado libre. Aunque Roosevelt había prometido un ambiguo trato nuevo o “New deal”, fue la presión del pueblo la que determinó el contenido de las políticas ejecutivas durante la Depresión. La magnitud de la lucha de clases fue tal que los trabajadores no solo ganaron el derecho a sindicalizarse y otras reformas laborales, sino que revirtieron la correlación de fuerzas a favor de los trabajadores durante décadas a partir de ese momento.

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