10 de noviembre de 2008

MARX HA VUELTO


En medio del derrumbe, el jefe de la mayoría del Senado de Estados Unidos, Harry Reid, dijo que “estamos en territorio desconocido, esto es un juego diferente... Nadie sabe qué hacer.” Mientras tanto millones de personas han decidido desempolvar los libros de Karl Marx. Sorprendidos, los editores y libreros alemanes aseguraron que se incrementaron las ventas de sus libros y sobre todo del primer tomo de El Capital. Jörn Schütrumpf, director de la editorial berlinesa Karl-Dietz, que publica las obras de Marx y Engels, explicó que los nuevos lectores pertenecen a “una joven generación académica que se ha dado cuenta de que las promesas neoliberales de felicidad se han demostrado falsas”.
Marx vuelve a estar de moda y es citado por personas que nadie hubiese pensado que lo parafrasearían. El ministro alemán de economía, Peer Steinbrück, se jactó de ser un seguidor de la teoría marxista. El semanario Der Spiegel tuvo que admitir que “ciertas partes de la teoría de Marx no son realmente tan malas.” Por otro lado, el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, recordó que “Marx observó hace tiempo la forma en que el capitalismo desenfrenado se convirtió en un tipo de mitología que atribuye realidad, poder e inteligencia a cosas sin vida propia. Estaba en lo cierto en eso.” Con libros que salen como pan caliente, películas que se preparan en los sets y una crisis mundial que está erosionando los cimientos del capitalismo, el pensamiento de Marx, que hace años podía ser tildado por muchos como estrafalario, vuelve a estar en escena.
Marx está aquí de nuevo
Desde que comenzaron a derrumbarse las bolsas del mundo, se desplomaron muchas de las ideas dominantes del último siglo con las que nacieron la globalización y el neoliberalismo. Todas las teorías mostraron que se sustentaban en falsedades. Por eso reaparece Marx, que dedicó gran parte de su vida a analizar la sociedad capitalista. Intentaba no sólo explicar lo que era visible, sino buscar en las entrañas del sistema. Así logró saber en qué consistía, de dónde sacaba sus beneficios, cómo explotaba a los trabajadores, cómo funcionaba, por qué se producían crisis periódicas y cuál sería el destino. De este análisis exhaustivo y de su relación con las luchas de los trabajadores surge el marxismo como teoría científica para la acción de la clase trabajadora contra el capitalismo.Fueron muchos los que habían abandonado las lecciones de Marx y se sorprenden ahora al verlo resurgir. Para nosotros, que opinamos que nunca perdió vigencia, no es de extrañar que las soluciones y pronósticos de esta crisis se encuentren en los libros que escribió hace más de un siglo.
Pronóstico desde el siglo XIX
Marx estudió un capitalismo que no había alcanzado el nivel de desarrollo actual. Inmerso en el siglo XIX, no podía ver la concentración monopólica, su desarrollo, el imperialismo, las crisis recurrentes y las guerras. Aún así, en el Manifiesto Comunista (1848) encontramos una explicación materialista del funcionamiento de la sociedad capitalista: “…La producción económica y la estructura social que de ella se deriva necesariamente en cada etapa histórica constituyen la base sobre la cual descansa la historia política e intelectual de esa época; que por tanto toda la historia (…) ha sido una historia de lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas”. Con claridad describía que el sistema se basaba en la opresión del proletariado, la explotación de los recursos naturales y la extensión del dominio a todo el mundo. En aquel momento, no sabía que ese fenómeno se llamaría globalización.También explicó que “en un sistema de producción en que toda la trama del proceso de reproducción descansa sobre el crédito, cuando éste cesa repentinamente (…) tiene que producirse inmediatamente una crisis, una demanda violenta y en tropel de medios de pago. Por eso, a primera vista, la crisis aparece como una simple crisis de crédito y de dinero (…). Pero, al lado de esto, hay una masa inmensa de estas letras que sólo representan negocios de especulación, que ahora se ponen al desnudo y explotan como pompas de jabón”. Si los senadores norteamericanos hubieran leído estas palabras que parecen proféticas no sentirían que esta crisis los sumerge en territorio desconocido.
En el Manifiesto Comunista escribió que “las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción (…). Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada.” Cualquier semejanza de estas palabras con la realidad es puro análisis científico marxista.Mientras los gobiernos del mundo intentan salvar a los bancos, otra vez el hombre de la barba tupida nos recuerda desde hace 160 años que “el Poder Público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de Administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”.Marx volvió a ser best seller porque es el único capaz de entender esta crisis. Pero al mismo tiempo nos plantea la necesidad de transformar el mundo en el que vivimos.
Quienes creían que su pensamiento era anticuado están pagando el error con creces, porque la actualidad de Marx se sintetiza en la frase “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”.
Lenin: el continuador
Hace 90 años, Lenin escribía El Imperialismo, fase superior del capitalismo. Acababa de terminar la I Guerra Mundial, que había cambiado el mundo, y él comenzaba a analizar la realidad que Marx no había podido ver.Por aquel entonces, decía que “el capitalismo se ha transformado en un sistema universal de opresión colonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría de la población del planeta por un puñado de países ‘avanzados’. Este ‘botín’ se reparte entre dos o tres potencias rapaces de poderío mundial, armadas hasta los dientes que, por el reparto de su botín arrastran a su guerra a todo el mundo”. Las guerras del siglo XXI en Irak y Afganistán, y la amenaza latente contra el mundo que no se encolumnaba detrás de Bush son sólo una muestra de este escenario.Durante décadas, miles profetizaron que “otro mundo es posible”, dando a entender que el capitalismo podía tener rostro humano.
En 1916, Lenin ya les había respondido cuando escribió que “las cuestiones esenciales en la crítica del imperialismo son las de saber si es posible modificar con reformas las bases del imperialismo, la de saber si hay que seguir adelante desarrollando la exacerbación y el ahondamiento de las contradicciones engendradas por el mismo o hay que retroceder, atenuando dichas contradicciones. Cómo las particularidades políticas del imperialismo son la reacción en toda la línea y la intensificación del yugo nacional como consecuencia del yugo de la oligarquía financiera y la supresión de la libre concurrencia a principios del siglo XX, en casi todos los países imperialistas aparece una oposición democrática pequeñoburguesa al imperialismo (…) Traducido al lenguaje común esto significa: el desarrollo del capital ha llegado a un punto tal que, aunque la producción de mercancías siga ‘reinando’ como antes y siga siendo considerada como la base de toda la economía, en realidad se haya ya quebrantada, y las ganancias principales están destinadas a los ‘genios’ de las combinaciones financieras”.Cómo si uno leyera una crónica actual, Lenin agrega que “el capital financiero, concentrado en pocas manos y que goza del monopolio efectivo, obtiene un beneficio enorme, que se acrece sin cesar, de la constitución de sociedades, de la emisión de valores, de los empréstitos del Estado, etc.”.Lenin sabía, a principios de siglo, que el Estado de bienestar que daba ilusiones a los reformistas tenía su certificado de defunción más temprano que tarde. En la década del ’70 la profecía se cumplía porque sino “el capitalismo dejaría de ser capitalismo, pues el desarrollo desigual y el nivel de vida de las masas semihambrientas son las condiciones y las premisas básicas, inevitables de este modo de producción. Mientras el capitalismo es capitalismo, el exceso de capital no se consagra a la elevación del nivel de vida de las masas en cada país, ya que esto significaría la disminución de las ganancias de los capitalistas, sino al acrecentamiento de estos beneficios mediante la exportación de capital al extranjero, a los países atrasados”.Lenin repetía con frecuencia el refrán “los hechos son testarudos”, y no se equivocaba.
La crisis mundial logró que millones se plantearan la necesidad de pensar un mundo distinto y entendiera que “el imperialismo es la enorme acumulación en unos pocos países del capital monetario”. Marx gritó “trabajadores del mundo, uníos”. En 160 años, esa frase no ha perdido vigencia, pero hoy resurge con fuerza planteándonos el camino a seguir. Camino que los militantes del MST hemos elegido antes de que los marxistas sean Best Sellers.

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