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14 de febrero de 2009

CULTURA Y SOCIALISMO (L. Trotsky)

Empecemos recordando que cultura significó originalmente campo arado y cultivado, en oposición a la floresta o al suelo virgen. La cultura se oponía a la Naturaleza, es decir, lo que el hombre había conseguido con sus esfuerzos se contrastaba con lo que había recibido de la Naturaleza. Esta antítesis fundamental conserva su valor hoy día.
Cultura es todo lo que ha sido creado, construido, aprendido, conquistado por el hombre en el curso de su Historia, a diferencia de lo que ha recibido de la Naturaleza, incluyendo la propia historia natural del hombre como especie animal. La ciencia que estudia al hombre como producto de la evolución animal se llama antropología. Pero desde el momento en que el hombre se separó del reino animal -y esto sucedió cuando fue capaz de utilizar los primeros instrumentos de piedra y madera y con ellos armó los órganos de su cuerpo-, comenzó a crear y acumular cultura, esto es, todo tipo de conocimientos y habilidades para luchar con la Naturaleza y subyugarla.
Cuando hablamos de la cultura acumulada por las generaciones pasadas pensamos fundamentalmente en sus logros materiales, en la forma de los instrumentos, en la maquinaria, en los edificios, en los monumentos... ¿Es esto cultura? Desde luego son las formas materiales en las que se ha ido depositando la cultura -cultura material-. Ella es la que crea, sobre las bases proporcionadas por la Naturaleza, el marco fundamental de nuestras vidas, nuestra vida cotidiana, nuestro trabajo creativo. Pero la parte más preciosa de la cultura es la que se deposita en la propia conciencia humana, los métodos, costumbres, habilidades adquiridas y desarrolladas a partir de la cultura material preexistente y que, a la vez que son resultado suyo, la enriquecen. Por tanto, consideraremos como firmemente demostrado que la cultura es un producto de la lucha del hombre por la supervivencia, por la mejora de sus condiciones de vida, por el aumento de poder. Pero de estas bases también han surgido las clases. A través de su proceso de adaptación a la Naturaleza, en conflicto con las fuerzas exteriores hostiles, la sociedad humana se ha conformado como una compleja organización clasista. La estructura de clase de la sociedad ha determinado en alto grado el contenido y la forma de la historia humana, es decir, las relaciones materiales y sus reflejos ideológicos. Esto significa que la cultura histórica ha poseído un carácter de clase.
La sociedad esclavista, la feudal, la burguesa, todas han engendrado su cultura correspondiente, diferente en sus distintas etapas y con multitud de formas de transición. La sociedad histórica ha sido una organización para la explotación del hombre por el hombre. La cultura ha servido a la organización de clase de la sociedad. La sociedad de explotadores ha creado una cultura a su imagen y semejanza. ¿Pero debemos estar por esto en contra de toda la cultura del pasado?
Aquí existe, de hecho, una profunda contradicción. Todo lo que ha sido conquistado, creado, construido por los esfuerzos del hombre y que sirve para reforzar el poder del hombre, es cultura. Sin embargo, dado que no se trata del hombre individual, sino del hombre social, dado que en su esencia la cultura es un fenómeno sociohistórico y que la sociedad histórica ha sido y continúa siendo una sociedad de clases, la cultura se convierte en el principal instrumento de la opresión de clase. Marx dijo: “Las ideas dominantes de una época son esencialmente las ideas de su clase dominante.” Esto también se aplica a toda la cultura en su conjunto. Y, no obstante, nosotros decimos a la clase obrera: asimila toda la cultura del pasado, de otra forma no construirás el socialismo. ¿Cómo se explica esto?
Sobre esta contradicción mucha gente ha dado un traspiés, y si los tropezones son tan frecuentes es porque se enfoca la concepción de la sociedad de clases de una forma superficial, semiidealista, olvidando que lo fundamental de ella es la organización de la producción. Cada sociedad de clases se ha constituido sobre determinados métodos de lucha contra la Naturaleza, v estos métodos se han ido modificando siguiendo el desarrollo de la técnica. ¿Qué es lo primero, la organización clasista de una sociedad o sus fuerzas productivas? Sin duda, sus fuerzas productivas. Sobre ellas es sobre lo que, dependiendo de su desarrollo, se modelan y remodelan las sociedades. En las fuerzas productivas se expresa de forma material la habilidad económica de la Humanidad, su habilidad histórica, para asegurarse la existencia. Sobre estos cimientos dinámicos se levantan las clases que, en su interrelación, determinan el carácter de la cultura.
Y ahora, antes que nada, nos tenemos que preguntar con respecto a la técnica: ¿es únicamente un instrumento de la opresión de clase? Basta exponer tal problema para que se conteste inmediatamente: No; la técnica es la principal conquista de la Humanidad; aunque hasta el momento haya servido como instrumento de explotación, al mismo tiempo es la condición fundamental para la emancipación de los explotados. La máquina estrangula al esclavo asalariado dentro de su puño; pero el esclavo sólo puede liberarse a través de la máquina. Aquí está la raíz del problema.
Si no olvidamos que la fuerza impulsara del proceso histórico es el desarrollo de las fuerzas productivas, liberando al hombre de la dominación de la Naturaleza, entonces encontramos que el proletariado necesita conocer la totalidad de los conocimientos y técnicas creadas por la Humanidad en el curso de su historia, para elevarse y reconstruir la vida sobre los principios de la solidaridad.
“¿Impulsa la cultura a la técnica, o es la técnica la que impulsa a la cultura?” Plantea una de las preguntas que tengo ante mí por escrito. Es erróneo plantear la cuestión de tal forma. La técnica no puede ser enfrentada a la cultura, ya que constituye su principal instrumento. Sin técnica no existe cultura. El desarrollo de la técnica impulsa la cultura. Y la ciencia o la cultura general levantadas sobre la base de la técnica, constituyen, a su vez, una potente ayuda para el desarrollo posterior de la técnica. Nos encontramos ante una interacción dialéctica.
Camaradas, si queréis un ejemplo sencillo, pero expresivo de las contradicciones contenidas en la propia técnica, no encontraréis otro mejor que el de los ferrocarriles. Si veis los trenes de pasajeros de Europa occidental, apreciaréis que tienen coches de diferentes “Clases”. Estas clases nos traen a la memoria las clases de la sociedad capitalista. Los coches de primera son para los privilegiados círculos superiores; los de segunda clase, para la burguesía media; los de tercera, para la pequeña burguesía, y los de cuarta, para el proletariado, que antiguamente fue llamado, con muy buena razón, el Cuarto Estado. En sí mismos, los ferrocarriles suponen una conquista técnico-cultural colosal para la Humanidad y en un solo siglo han transformado la faz de la Tierra. Pero la estructura clasista de la sociedad también revierte en la de los medios de comunicación; y nuestros ferrocarriles soviéticos aún están muy lejos de la igualdad no sólo porque utilicen los coches heredados del pasado, sino también porque la N. E. P. prepara el camino para la igualdad, pero no la realiza.
Antes de la época del ferrocarril la civilización se desenvolvía junto a las costas de los mares y las riberas de los grandes ríos. El ferrocarril abrió continentes enteros a la cultura capitalista. Una de las principales causas, si no la principal, del atraso y la desolación del campo ruso es la carencia de ferrocarriles, carreteras y caminos vecinales. Así, las condiciones en que viven la mayoría de las aldeas son todavía precapitalistas. Tenemos que vencer lo que es nuestro mayor aliado y a la vez nuestro más grande adversario: nuestros grandes espacios. La economía socialista es una economía planificada. La planificación supone principalmente comunicación; y los medios de comunicación más importantes son las carreteras y los ferrocarriles. Toda nueva línea de ferrocarril es un camino hacia la cultura, y en nuestras condiciones también un camino hacia el socialismo. Además, al progresar la técnica de las comunicaciones y la prosperidad del país, el entorno social de nuestros ferrocarriles cambiará: desaparecerá la separación en distintas “clases”, todo el mundo podrá viajar en coches cómodos... y ello si en ese momento la gente todavía viaja en tren y no prefiere el aeroplano, cuando sea accesible a todos.
Tomemos otro ejemplo: los instrumentos del militarismo, los medios de exterminio. En este campo, la naturaleza clasista de la sociedad se expresa de un modo especialmente candente y repulsivo. Sin embargo, no existe sustancia destructiva (explosiva o venenosa), cuyo descubrimiento no haya sido en sí mismo una importante conquista científica y técnica. Las sustancias explosivas o las venenosas también se usan para fines creativos y han abierto nuevas posibilidades en el campo de la investigación.
El proletariado sólo puede tomar el poder quebrando la vieja maquinaria del Estado clasista. Nosotros hemos llevado a cabo esta tarea como nadie lo había hecho antes. Sin embargo, al construir la maquinaria del nuevo Estado hemos tenido que utilizar, en un grado bastante considerable, elementos del viejo. La futura reconstrucción socialista de la maquinaria estatal está estrechamente ligada a nuestras realizaciones políticas, económicas v culturales.
No debemos destrozar la técnica. El proletariado ha tomado posesión de las fábricas equipadas por la burguesía en el mismo estado en que las encontró la revolución. El viejo equipo todavía nos sirve. Este hecho nos muestra de manera gráfica y directa que no podemos renunciar a la “herencia”. Sin embargo, la vieja técnica, en el estado en que la hemos encontrado, es completamente inadecuada para el socialismo, al constituir una cristalización de la anarquía de la economía capitalista. La competencia entre diferentes empresas a la busca de ganancias, la desigualdad de desarrollo entre los distintos sectores de la economía, el atraso de ciertos campos, la atomización de la agricultura, la apropiación de fuerza humana, todo ello encuentra en la técnica una expresión de hierro y bronce. Pero mientras la maquinaria de la opresión de clase puede ser destrozada por un golpe revolucionario, la maquinaria productiva de la anarquía capitalista sólo puede ser reconstruida en forma gradual. El período de restauración en base al viejo equipo no ha hecho más que colocarnos ante el umbral de esta enorme tarea. Debemos completarla cueste lo que cueste.
La cultura espiritual es tan contradictoria como la material. Y si de los arsenales y de los almacenes de la cultura material tomamos y ponemos en circulación no arcos y flechas, ni instrumentos de piedra, o de la Edad de Bronce, sino las herramientas más desarrolladas y de técnica más moderna de que podemos disponer, en lo referente a la cultura espiritual debemos actuar de la misma forma.
El fundamental elemento de la cultura de la vieja sociedad era la religión. Poseyó una importancia suprema como forma de conocimiento y unidad humana; pero por encima de todo, en ella se reflejaba la debilidad del hombre frente a la Naturaleza y su impotencia dentro de la sociedad. Nosotros rechazamos totalmente la religión y todos sus sustitutos.
Con la filosofía resulta distinto. De la filosofía creada por la sociedad de clases debemos tomar dos elementos inapreciables: el materialismo y la dialéctica. Gracias a la combinación orgánica de ambos, Marx creó su método y levantó su sistema. Y éste es el método que sustenta al leninismo.
Si pasamos a examinar la ciencia, en el estricto sentido del término, es obvio que nos encontramos ante una enorme reserva de conocimientos y técnicas acumuladas por la Humanidad a través de su larga existencia. Es verdad que se puede mostrar que en la ciencia, cuyo propósito es el conocimiento de la realidad, hay muchas adulteraciones tendenciosas de clase. Si hasta los ferrocarriles expresan la posición privilegiada de unos y la pobreza de otros, esto que aparece todavía más claro en la ciencia, cuyo material es en gran parte más flexible que el metal y la madera con los que están hechos los coches de tren. Pero tenemos que reconocer el hecho de que el trabajo científico se alimenta fundamentalmente de la necesidad de lograr el conocimiento de la Naturaleza. Aunque los intereses de clase han introducido y todavía introducen tendencias falsas hasta en las ciencias naturales, este proceso de falsificación está restringido a unos límites tras los cuales empezaría a impedir directamente el proceso tecnológico. Si examináis, las ciencias naturales de arriba abajo, desde la acumulación de hechos elementales hasta las generalizaciones más elevadas y complejas, cuanto más cercana a la materia y a los hechos permanece, más fidedignos son los resultados finales, y, por el contrario, cuanto más amplias son las generalizaciones y más se aproxima la ciencia natural a la filosofía, más sujetas están a la influencia de los intereses de clase.
Las cosas son más complicadas y difíciles al acercarnos a las ciencias sociales y a las llamadas “humanidades”. También en esta esfera, por supuesto, lo fundamental es conseguir el conocimiento de lo existente. Gracias a este hecho tenemos la brillante escuela de los economistas burgueses clásicos. Pero los intereses de clase, que actúan mucho más directamente y con mayor vigor en el campo de las ciencias sociales que en el de las ciencias naturales, pronto frenaron el desarrollo del pensamiento económico de la sociedad burguesa. Sin embargó, en este campo los comunistas estamos mejor equipados que en ningún otro. Los teóricos socialistas, despertados por la lucha obrera, han partido de la ciencia burguesa para después criticarla, y han creado a través de los trabajos de Marx y Engels el potente método del materialismo histórico y la espléndida aplicación de este método en El Capital. Esto no significa, desde luego, que estemos vacunados contra la influencia de las ideas burguesas en el campo de la economía y la sociología. En absoluto; a cada paso, las más vulgares tendencias del socialismo profesional y de la pequeña burguesía Narodniki, han puesto en circulación entre nosotros los viejos “tesoros” del conocimiento, aprovechando para colar su mercancía las deformadas y contradictorias relaciones de la época de transición. A pesar de todo, en esta esfera contamos con los criterios indispensables del marxismo verificadas y enriquecidas por las obras de Lenin. Y rebatiremos con más vigor a los economistas y a los sociólogos vulgares si no cerrarnos los ojos a la experiencia cotidiana y si consideramos el desarrollo mundial como una totalidad, sabiendo distinguir sus rasgos fundamentales bajo los que no son más que simples cambios coyunturales.
En general, en el campo del derecho, la moral o la ideología, la situación de la ciencia burguesa es todavía más lamentable que en el de la economía. Para encontrar una perla de conocimiento auténtico en estas esferas es necesario rebuscar en decenas de estercolemos profesionales.
La dialéctica y el materialismo son los elementos básicos del conocimiento marxista del mundo. Pero esto no significa que puedan ser aplicados a cualquier campo del conocimiento como si se tratara de una llave maestra. La dialéctica no puede ser impuesta a los hechos, sino que tiene que ser reducida de ellos, de su naturaleza y desarrollo. Solamente una concienzuda labor sobre una enorme masa de materiales posibilitó a Marx aplicar el sistema dialéctico a la economía, y extraer la concepción del valor como trabajo social. Marx construyó de la misma forma sus obras históricas, e incluso sus artículos periodísticos. El materialismo dialéctico únicamente puede ser aplicado a nuevas esferas del conocimiento si nos situamos dentro de ellas. Para superar la ciencia burguesa es preciso conocerla a fondo; y no llegaréis a ninguna parte con críticas superficiales mediante órdenes vacías. El aprender y el aplicar van codo a codo con el análisis crítico. Tenemos el método, pero el trabajo a realizar es suficiente para varias generaciones.
La crítica marxista en la ciencia debe ser vigilante y prudente, de otra forma podría degenerar en nueva charlatanería, en famusovismo. Tomad la psicología; incluso la reflexología de Pavlov está completamente dentro de los cauces del materialismo dialéctico; rompe definitivamente la barrera existente entre la fisiología y la psicología. El reflejo más simple es fisiológico, pero un sistema de reflejos es el que no da la “consciencia”. La acumulación de la cantidad fisiológica da una nueva cantidad “psicológica”. El método de la escuela de Pavlov es experimental y concienzudo. Poco a poco se va avanzando en las generalizaciones: desde la saliva de los perros a la poesía -a los mecanismos mentales de la poesía, no a su contenido social-, aun cuando los caminos que nos conducen a la poesía aún no hayan sido desvelados.
La escuela del psicoanalista vienés Freud procede de una manera distinta. Da por sentado que la fuerza impulsara de los procesos psíquicos más complejos y delicados es una necesidad fisiológica. En este sentido general es materialista, incluso la cuestión de si no da demasiada importancia a la problemática sexual en detrimento de otras, es ya una disputa dentro de las fronteras del materialismo. Pero el psicoanalista no se aproxima al problema de la conciencia de forma experimental, es decir, yendo del fenómeno más inferior al más elevado, desde el reflejo más sencillo al más complejo, sino que trata de superar todas estas fases intermedias de un salto, de arriba hacia abajo, del mito religioso al poema lírico o el sueño a los fundamentos psicológicos de la psique.
Los idealistas nos dicen que la psique es una entidad independiente, que el “alma” es un pozo sin fondo. Tanto Pavlov como Freud piensan que el fondo pertenecen a la fisiología. Pero Pavlov desciende al fondo del pozo, como un buzo, e investiga laboriosamente subiendo poco a poco a la superficie, mientras que Freud permanece junto al pozo y trata de captar, con mirada penetrante, la forma de los objetos que están en el fondo. El método de Pavlov es experimental; el de Freud está basado en conjeturas, a veces en conjeturas, a veces en conjeturas fantásticas. El intento de declarar al psicoanálisis “incompatible” con el marxismo y volver la espalda a Freud es demasiado simple, o más exactamente demasiado simplista. No se trata de que estemos obligados a adoptar su método, pero hay que reconocer que es una hipótesis de trabajo que puede producir y produce sin duda reducciones y conjeturas que se mantienen dentro de las líneas de la psicología materialista. Dentro de su propio método, el procedimiento experimental facilitaría las pruebas para estas conjeturas. Pero no tenemos ni motivo ni derecho para prohibir el otro método, ya que, aun considerándole menos digno de confianza, trata de anticipar la conclusión a la que el experimental se acerca muy lentamente
[1].
Por medio de estos ejemplos quería mostrar, aunque sólo fuera parcialmente, tanto la complejidad de nuestra herencia científica como la complejidad de los caminos por los que el proletariado ha de avanzar para apropiarse de ella. Si no podemos resolver por decreto los problemas de la construcción económica y tenemos que “aprender a negociar”, así tampoco puede resolver nada en el campo científico la publicación de breves órdenes; con ellas sólo conseguiríamos daño y mantener la ignorancia. Lo que necesitamos en este campo es “aprender a aprender”.
El arte es una de las formas mediante las que el hombre se sitúa en el mundo; en este sentido el legado artístico no se distingue del científico o del técnico, y no es menos contradictorio que ellos. Sin embargo, el arte, a diferencia de la ciencia, es una forma de conocimiento del mundo, no un sistema de leyes, sino un conjunto de imágenes y, a la vez, una manera de crear ciertos sentimientos o actividades. El arte de los siglos pasados ha hecho al hombre más complejo y flexible, ha elevado su mentalidad a un grado superior y le ha enriquecido en todos los órdenes. Este enriquecimiento constituye una preciosa conquista cultural. El conocimiento del arte del pasado es, por tanto, una condición necesaria tanto para la creación de nuevas obras artísticas como para la construcción de una nueva sociedad, ya que lo que necesita el comunismo son personas de mente muy desarrollada. ¿Pero puede el arte del pasado enriquecernos con un conocimiento artístico del mundo? Puede precisamente porque es capaz de nutrir nuestros sentimientos y educarlos. Si repudiáramos el arte del pasado de modo infundado, nos empobreceremos espiritualmente.
Hoy en día se advierte una tendencia a defender la idea de que el único propósito del arte es la inspiración de ciertos estados de ánimo y de ninguna manera el conocimiento de la realidad. La conclusión que se extrae de ella es: ¿con qué clase de sentimientos no nos infectará el arte de la nobleza o de la burguesía? Esta concepción es radicalmente falsa. El significado del arte como medio de conocimiento -también para la masa popular, e incluso especialmente para ella- es muy superior a su significado “sentimental”. La vieja épica, la fábula, la canción, los relatos o la música popular proporcionan un tipo de conocimiento gráfico, iluminan el pasado, dan un valor general a la experiencia y sólo en conexión con ellos y gracias a esta conexión nos podemos “sintonizar”. Esto también se aplica a toda la literatura en general, no sólo a la poesía épica, sino también a la lírica. Se aplica a la pintura y a la escultura. La única excepción, a cierto nivel, es la música, ya que su efecto, aunque poderoso, resulta parcial. También la música, por supuesto, proporciona un determinado conocimiento de la naturaleza, de sus sonidos y ritmos; pero aquí el conocimiento yace tan soterrado, los resultados de la inspiración de la naturaleza son a tal grado refractados a través de los nervios de la persona, que la música aparece como una “revelación” autosuficiente. A menudo se han hecho intentos de aproximar al resto de las formas artísticas a la música, considerando a ésta como el arte más “infeccioso”, pero esto siempre ha significado una depreciación del papel de la inteligencia en el arte, a favor de una sentimentalidad informe, y en este arte estos intentos han sido y son reaccionarios... Desde luego, lo peor de todo son aquellas obras de “arte” que ni ofrecen conocimientos gráficos ni “infección” artística, sino pretensiones desorbitadas. En nuestro país se imprimen no pocas obras de arte de este tipo, y desafortunadamente no en los libros de texto de arte, sino en miles de copias...
La cultura es un fenómeno social. Precisamente por ello el lenguaje, como órgano de intercomunicación entre los hombres, es un instrumento más importante. La cultura del propio lenguaje es la condición más importante para el desarrollo de todas las ramas de la cultura, especialmente la ciencia y el arte. De la misma forma que la técnica no está satisfecha de los viejos aparatos de medición y crea otros nuevos, micrómetros, voltámetros..., tratando de obtener y obteniendo mayor precisión, así en material de lenguaje de capacidad para escoger las palabras adecuadas y combinarlas de la forma adecuada, se requiere un trabajo sistemático y tenaz para conseguir el mayor grado de precisión, claridad e intensidad. La base de este trabajo debe ser la lucha contra el analfabetismo, semianalfabetismo y el alfabetismo rudimentario. El próximo paso será la asimilación de la literatura clásica rusa.
Sí, la cultura fue el principal instrumento de la opresión de clase; pero también es, y sólo ella puede serlo, el instrumento de la emancipación socialista.

13 de febrero de 2009

EL ESTADO, ARMA DE EXPLOTACION DE LA CLASE OPRIMIDA (Lenin)

Fragmento extraído de El Estado y la Revolución de V.I. Lenin
Para mantener un Poder público aparte, situado por encima de la sociedad, son necesarios los impuestos y las deudas del Estado."Los funcionarios, pertrechados con el Poder público y con el derecho a cobrar impuestos, están situados -- dice Engels --, como órganos de la sociedad, por encima de la sociedad. A ellos ya no les basta, aun suponiendo que pudieran tenerlo, con el respeto libre y voluntario que se les tributa a los órganos del régimen gentilicio. . ." Sedictan leyes de excepción sobre la santidad y la inviolabilidad de los funcionarios. "El más despreciable polizonte" tiene más "autoridad" que los representantes del clan;pero incluso el jefe del poder militar de un Estado civilizado podría envidiar a un jefe de clan por "el respeto espontáneo" que le profesaba la sociedad.Aquí se plantea la cuestión de la situación privilegiada de los funcionarios como órganos del Poder del Estado. Lo fundamental es saber: ¿qué los coloca por encima dela sociedad? Veamos cómo esta cuestión teórica fue resuelta prácticamente por la Comuna de París en 1871 y cómo la esfumó reaccionariamente Kautsky en 1912:"Como el Estado nació de la necesidad de tener a raya los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de estas clases, el Estado lo es, por regla general, de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que con ayuda de él se convierte también en la clase políticamente dominante,adquiriendo así nuevos medios para la represión y explotación de la clase oprimida. . ."No fueron sólo el Estado antiguo y el Estado feudal órganos de explotación de los esclavos y de los campesinos siervos y vasallos: también "el moderno Estado representativo es instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital. Sin embargo, excepcionalmente, hay períodos en que las clases en pugna se equilibranhasta tal punto, que el Poder del Estado adquiere momentáneamente, como aparente mediador, una cierta independencia respecto a ambas". . . Tal aconteció con la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, con el bonapartismo del primero y del segundo Imperio en Francia, y con Bismarck en Alemania.Y tal ha acontecido también -- agregamos nosotros -- con el gobierno de Kerenski, en la Rusia republicana, después del paso a las persecuciones del proletariado revolucionario, en un momento en que los Soviets, como consecuencia de hallar se dirigidos por demócratas pequeñoburgueses, son ya impotentes, y la burguesía no estodavía lo bastante fuerte para disolverlos pura y simplemente.
En la república democrática -- prosigue Engels -- "la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero de un modo tanto más seguro", y lo ejerce, en primer lugar, mediante la "corrupción directa de los funcionarios" (Norteamérica), y, en segundo lugar, mediante la "alianza del gobierno con la Bolsa" (Francia y Norteamérica).En la actualidad, el imperialismo y la dominación de los Bancos han "desarrollado", hasta convertirlos en un arte extraordinario, estos dos métodos adecuados paradefender y llevar a la práctica la omnipotencia de la riqueza en las repúblicas democráticas, sean cuales fueren. Si, por ejemplo, en los primeros meses de la república democrática rusa, en los meses que podemos llamar de la luna de miel de los "socialistas" -- socialrevolucionarios y mencheviques -- con la burguesía, en el gobierno de coalición, el señor Palchinski saboteó todas las medidas de restricción contra los capitalistas y sus latrocinios, contra sus actos de saqueo en detrimento del fisco mediante los suministros de guerra, y si, al salir del ministerio, el señor Palchinski (sustituido, naturalmente, por otro Palchinski exactamente igual) fue "recompensado" por los capitalistas con un puestecito de 120.000 rublos de sueldo al año, ¿qué significa esto? ¿Es un soborno directo o indirecto? ¿Es una alianza del gobierno con los consorcios o son "solamente" lazos de amistad? ¿Qué papel desempeñan los Chernov y los Tsereteli, los Avkséntiev y los Skóbelev? ¿El de aliados "directos" o solamente indirectos de los millonarios malversadores de los fondos públicos?La omnipotencia de la "riqueza" es más segura en las repúblicas democráticas, porque no depende de la mala envoltura política del capitalismo. La república democrática es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo, y por lo tanto el capital, al dominar (a través de los Pakhinski, los Chernov, los Tsereteli y Cía.) esta envoltura, que es la mejor de todas, cimenta su Poder de un modo tan seguro, tan firme, que ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partidos, dentro de la república democrática burguesa, hace vacilar este Poder.Hay que advertir, además, que Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio universal arma de dominación de la burguesía. El sufragio universal, dice Engels, sacando evidentemente las enseñanzas de la larga experiencia de la socialdemocracia alemana, es "el índice que sirve para medir la madurez de la clase obrera. No puede ser más ni será nunca más, en el Estado actual".Los demócratas pequeñoburgueses, por el estilo de nuestros socialrevolucionarios y mencheviques, y sus hermanos carnales, todos los socialchovinistas y oportunistas de la Europa occidental, esperan, en efecto, "más" del sufragio universal.Comparten ellos mismos e inculcan al pueblo la falsa idea de que el sufragio universal es, "en el Estado actual ", un medio capaz de expresar realmente la voluntad de lamayoría de los trabajadores y de garantizar su efectividad práctica.Aquí no podemos hacer más que señalar esta idea mentirosa, poner de manifiesto que esta afirmación de Engels completamente clara, precisa y concreta, se falsea acada paso en la propaganda y en la agitación de los partidos socialistas "oficiales" (es decir, oportunistas). Una explicación minuciosa de toda la falsedad de esta idea,rechazada aquí por Engels, la encontraremos más adelante, en nuestra exposición de los puntos de vista de Marx y Engels sobre el Estado "actual ".En la más popular de sus obras, Engels traza el resumen general de sus puntos de vista en los siguientes términos:"Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se las arreglaron sin él, que no tuvieron la menor noción del Estado ni del Poder estatal. Alllegar a una determinada fase del desarrollo económico, que estaba ligada necesariamente a la división de la sociedad en clases, esta división hizo que el Estado se convirtiese en una necesidad. Ahora nos acercamos con paso veloz a una fase de desarrollo de la producción en que la existencia de estas clases no sólo deja de ser una necesidad, sino que se convierte en un obstáculo directo para la producción. Las clases desaparecerán de un modo tan inevitable como surgieron en su día. Con ladesaparición de las clases, desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una asociación libre eigual de productores, enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antiguedades, junto a la rueca y al hacha de bronce".No se encuentra con frecuencia esta cita en las obras de propaganda y agitación de la socialdemocracia contemporánea. Pero incluso cuando nos encontramos con ella es, casi siempre, como si se hiciesen reverencias ante un icono; es decir, para rendir un homenaje oficial a Engels, sin el menor intento de analizar qué amplitud y profundidad revolucionarias supone esto de "enviar toda la máquina del Estado al museo de antiguedades". No se ve, en la mayoría de los casos, ni siquiera la comprensión de lo que Engels llama la máquina del Estado.

12 de febrero de 2009

CUALQUIER SEMEJANZA CON LA REALIDAD

Aquí rescatamos algunos párrafos del Manifiesto Comunista escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en 1848. Cualquier semejanza con la realidad...
Las condiciones de producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró. Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía. Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmado, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.
Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.
Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.
Dice también: Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las clases oprimidas y las opresoras. Mas para poder oprimir a una clase es menester asegurarle, por lo menos, las condiciones indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con ella su esclavizamiento. El siervo de la gleba se vio exaltado a miembro del municipio sin salir de la servidumbre, como el villano convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase. Es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad.
La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo asalariado Presupone, inevitablemente, la concurrencia de los obreros entre sí. Los progresos de la industria, que tienen por cauce automático y espontáneo a la burguesía, imponen, en vez del aislamiento de los obreros por la concurrencia, su unión revolucionaria por la organización. Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores. Su muerte y el triunfo del proletariado sin igualmente inevitables.
Sobre el salario y la propiedad: El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de víveres necesaria para sostener al obrero como tal obrero. Todo lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo que estrictamente necesita para seguir viviendo y trabajando. Nosotros no aspiramos en modo alguno a destruir este régimen de apropiación personal de los productos de un trabajo encaminado a crear medios de vida: régimen de apropiación que no deja, como vemos, el menor margen de rendimiento líquido y, con él, la posibilidad de ejercer influencia sobre los demás hombres. A lo que aspiramos es a destruir el carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el obrero sólo vive para multiplicar el capital, en que vive tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante aconseja que viva.
En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero.
En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en la comunista, imperará el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el individuo trabajador carece de iniciativa y personalidad.
¡Y a la abolición de estas condiciones, llama la burguesía abolición de la personalidad y la libertad! Y, sin embargo, tiene razón. Aspiramos, en efecto, a ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad burguesa.
Por libertad se entiende, dentro del régimen burgués de la producción, el librecambio, la libertad de comprar y vender.
Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el libre tráfico. La apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía.

6 de febrero de 2009

POR QUE LOS MARXISTAS SE OPONEN AL TERRORISMO INDIVUAL (León Trotsky)

Nuestros enemigos de clase acostumbran a quejarse de nuestro terrorismo. Lo que entienden por esto no está muy claro. Ellos querrían calificar de terrorismo todas las actividades del proletariado contra sus enemigos de clase. A sus ojos, la huelga es el principal método terrorista. Una amenaza de huelga, la organización de piquetes, el boicot a un patrón esclavista, el boicot moral a un traidor que ha salido de nuestras propias filas, dicen que todo esto es terrorismo. Si se entiende por tal toda acción que inspira temor o daña al enemigo de clase, entonces, naturalmente, toda la lucha de clases no es otra cosa que terrorismo. Y entonces ya sólo quedaría por saber si los políticos burgueses tienen derecho a derramar a raudales su indignación moral mientras que todo el Estado, sus leyes, su policía y su ejército no son más que un aparato de terror capitalista.
Sin embargo es preciso decir que cuando nos reprochan hacer terrorismo intentan, aunque no siempre a sabiendas, dar a este término un sentido más literal, más indirecto.
En este sentido estricto de la palabra, el deterioro de maquinaria por los trabajadores, por ejemplo, sería terrorismo. El asesinato de un empresario, amenazar con incendiar una fábrica o amenazar de muerte a su propietario, un intento de asesinato, revolver en mano, contra un ministro del gobierno, estas acciones sí son actos terroristas en su sentido pleno y auténtico. No obstante, cualquiera que tenga una idea de la verdadera naturaleza de la socialdemocracia internacional debería saber que siempre se ha opuesto, y del modo más intransigente, a esta especie de terrorismo.
¿Por qué? Hacer terrorismo mediante una amenaza de huelga, o llevar a cabo una huelga, es algo que sólo pueden hacer los trabajadores de la industria. La significación social de una huelga depende directamente de dos factores. Primero: la importancia de la empresa o sector industrial que afecta. Segundo: el grado de organización, disciplina y disposición a la acción que tienen los trabajadores que la secundan. Esto vale tanto para las huelgas políticas como para las que tienen un motivo económico. Es el método de lucha que deriva directamente del papel productivo del proletariado en la sociedad moderna.
El terror individual desprecia el papel de las masas
El sistema capitalista necesita una superestructura parlamentaria para desarrollarse. Pero como no puede confinar en un gueto al proletariado moderno, tarde o temprano tiene que permitir que los trabajadores participen en el parlamento. En todas las elecciones se manifiestan el carácter de masa del proletariado y su nivel de madurez política -dos "quantum" que, una vez más, también están determinados por su papel social, es decir, sobre todo por su papel productivo.
En una huelga, igual que en una elecciones, el método, el objetivo y los resultados de la lucha dependen del papel social y de la fuerza del proletariado como clase. Sólo los trabajadores pueden llevar a cabo una huelga. Los artesanos arruinados por la fábrica, los campesinos cuyas aguas han sido contaminadas por la fábrica, o el "lumpen-proletariado", ávido de saqueo, pueden romper las máquinas, prender fuego a la fábrica o asesinar a su propietario. Sólo la clase obrera, consciente y organizada, puede enviar en representación una muchedumbre al parlamento para defender los intereses de los proletarios. Por el contrario, para asesinar a un personaje oficial en la calle no es preciso tener tras sí masas organizadas. La fórmula para fabricar explosivos está al alcance de todo el mundo y uno puede hacerse con un Browning en cualquier parte. En el primer caso se trata de una lucha social cuyos métodos y medios derivan necesariamente de la naturaleza del orden social existente, en el segundo de una reacción puramente mecánica, idéntica en todas partes -tanto en China como en Francia-, muy impactante en sus formas externas (muerte, explosiones, así sucesivamente) pero absolutamente inofensiva en lo que respecta al sistema social.
Una huelga, incluso de poca importancia, tiene consecuencias sociales: aumento de la confianza en sí mismos de los trabajadores, fortalecimiento de los sindicatos e incluso, a menudo, mejoras de la tecnología de producción. El asesinato del propietario de una fábrica no produce más que efectos de naturaleza policial, o un cambio de propietario desprovisto de toda significación social. Que un atentado terrorista, incluso "afortunado", provoque confusión entre la clase dirigente, depende de circunstancias políticas concretas. De todas formas, esta confusión siempre dura poco; el estado capitalista no se sostiene sobre los ministros del gobierno y no puede ser eliminado con ellos. Las clases a las que sirve siempre encontraran quien los reemplace; la maquinaria seguirá intacta y continuará funcionando.
Pero el desorden que un atentado terrorista provoca entre las masas obreras es más profundo. ¿Si basta armarse con un revólver para logar el objetivo, para qué los efectos de la lucha de clases?
Si un dedal de pólvora y un poco de plomo bastan para atravesarle el cuello al enemigo y matarle, ¿para qué hace falta una organización de clase? Si tiene sentido aterrorizar a los más altos personajes mediante el estampido de las bombas, ¿es necesario un partido? ¿Para qué valen los mítines, la agitación entre las masas y las elecciones, si desde la galería del parlamento se puede divisar fácilmente el banco de los ministros?
A nuestro entender el terror individual es inadmisible precisamente porque devalúa el papel de las masas en su propia consciencia, las hace resignarse a su impotencia y volver la mirada hacia un héroe vengador y liberador que esperan llegará un día y cumplirá su misión. Los profetas anarquistas de la "propaganda de la acción" pueden mantener todo lo que quieran a propósito de la influencia exaltadora y estimulante de los actos terroristas sobre las masas. Las consideraciones teóricas y la experiencia política prueban que sucede todo lo contrario. Cuanto más "eficaces" son los actos terroristas y mayor es su impacto, más limitan el interés de las masas por su auto-organización y auto-educación.
Pero la confusión se evapora como el humo, el pánico desaparece, un nuevo ministro ocupa el puesto del asesinado, la vida vuelve a su rutina y la rueda de la explotación capitalista sigue girando como antes; sólo la represión policial se hace más salvaje, segura de sí misma, impúdica. Y, en consecuencia, la desilusión y la apatía reemplazan las esperanzas y la excitación que artificialmente se habían despertado.
Los esfuerzos de la reacción para poner fin a las huelgas y al movimiento de masas de los obreros en general se han saldado siempre, y en todas partes, por el fracaso. La sociedad capitalista necesita un proletariado activo, inquieto e inteligente; por eso no puede mantenerlo atado de pies y manos durante mucho tiempo. Por el contrario, la propaganda anarquista de la acción ha puesto de manifiesto repetidamente que el Estado es mucho más rico en medios de destrucción física y represión mecánica que los grupos terroristas.
Si esto es cierto, ¿dónde queda entonces la revolución? ¿Acaso es imposible dado el orden existente? De ninguna manera. La revolución no es un simple agregado de medios mecánicos. La revolución no puede producirse más que por la acentuación de la lucha de clases, y su única garantía de victoria reside en la función social del proletariado. La huelga política de masas, la insurrección armada, la conquista del poder del Estado, están determinados por el grado de desarrollo que ha alcanzado la producción, por la orientación de las fuerzas de las clases, por el peso social del proletariado y, por último, por la composición social del ejército, puesto que en períodos de revolución las fuerzas armadas son el factor que determina el destino del poder del Estado.
La socialdemocracia es lo suficientemente realista como para no intentar evitar la revolución que se desarrolla a partir de las condiciones históricas existentes; al contrario, evoluciona para afrontarla con los ojos bien abiertos. Pero al contrario que los anarquistas, y directamente opuesta a ellos, la socialdemocracia rechaza todos los métodos y medios cuyo objetivo es forzar artificialmente el desarrollo de la sociedad y sustituir por procedimientos químicos la insuficiente fuerza revolucionaria del proletariado.
Antes de verse promovido a la categoría de método de lucha política, el terrorismo hizo su aparición como actos de venganza individuales. Así sucedió en Rusia, patria clásica del terrorismo. La flagelación a la que fueron sometidos algunos presos políticos empujó a Vera Zassulitch a expresar el sentimiento de general indignación mediante una tentativa de asesinato del general Trepov. Su ejemplo fue imitado en los círculos de la intelligentsia revolucionaria que carecían de toda base de masas. Y lo que había comenzado como un acto irreflexivo de venganza evolucionó hasta convertirse en un verdadero sistema en 1879-1881. Las olas de asesinatos que perpetraron los anarquistas en Europa occidental y América del Norte siempre respondieron a alguna atrocidad cometida por el gobierno (el hecho de abrir fuego contra huelguistas o la ejecución de opositores políticos). La causa psicológica más importante del terrorismo ha sido siempre un sentimiento de venganza que busca una vía de escape.
No es necesario insistir en que la socialdemocracia no tiene nada en común con todos esos moralistas venales que hacen declaraciones sobre el "valor absoluto" de toda vida humana tras cada atentado terrorista. Son los mismos que en otras ocasiones y en nombre de otros valores absolutos -como por ejemplo el honor de la nación o el prestigio del monarca- se muestran dispuestos para arrojar a millones de personas en el infierno de la guerra. Hoy su héroe nacional es el ministro que proclama el sagrado derecho a la propiedad privada, y mañana, cuando la mano desesperada de los trabajadores se cierre en un puño o levante un arma, proferirán toda suerte de estupideces a propósito de la inadmisibilidad de toda forma de violencia.
Digan lo que digan los eunucos y fariseos de la moral, el sentimiento de venganza es perfectamente legítimo y confiere a la clase obrera toda la solvencia moral por el hecho de no observar con indiferencia o pasividad lo que sucede en este el mejor de los mundos. La tarea de la socialdemocracia no estriba en calmar el deseo de venganza insatisfecho del proletariado sino en intensificarlo más y más, profundizarlo y dirigirlo contra las causas reales de toda injusticia y bajeza humanas.
Si nos oponemos a los atentados terroristas es sólo porque la venganza individual no nos satisface. La cuenta que tenemos que saldar con el sistema capitalista es demasiado elevada como para presentársela a cualquier funcionario llamado ministro. Aprender a ver todos los crímenes contra la humanidad, todas las indignidades a las que se ve sometido el cuerpo y el espíritu humanos, como las excrecencias y expresiones deformadas del sistema social existente para concentrar todas nuestra energías en la lucha contra él. He aquí la dirección en que debe encontrar su más alta satisfacción moral ese ardiente deseo de venganza.

4 de febrero de 2009

MILITANCIA Y VIDA COTIDIANA (Nahuel Moreno, 1986)

Se dice que el partido leninista, con su estructura centralista, su disciplina casi militar, está perimido. En Europa, sobre todo, grandes sectores de la izquierda se oponen a ese tipo de estructura partidaria. ¿Qué les diría usted a quienes opinan de esa manera?
Ante todo, que no deben confundir al partido leninista con la caricatura que ha hecho el estalinismo de él. Esas corrientes que usted menciona reflejan la repugnancia que provocan los partidos estalinistas: se han tragado el cuento de que el estalinismo es la continuación del leninismo, cuando en realidad es exactamente lo contrarío. Es cierto que conserva algunas similitudes formales, como la estructuración del partido en células, equipos de trabajo permanentes, aunque últimamente los partidos estalinistas están perdiendo esta característica. La definición del militante como persona que realiza actividad partidaria y pertenece a un organismo donde discute la política y la actividad del partido es propia del leninismo.
Quiero decir a la pasada, y saliendo un poco de los marcos estrictos del tema, que esta concepción leninista originó la primera división leninista origino la primera división del marxismo ruso en sus alas bolchevique y menchevique, pero fue superada después de 1905, cuando un congreso unificado del partido aprobó la fórmula de Lenin. De ahí en adelante persistió la división entre las dos alas, pero referida a sus diferencias en la interpretación de la Revolución Rusa, que se volvieron cada vez más irreconciliables. Esa fue, entonces, la causa de fondo que separó a las dos tendencias del marxismo ruso.
Volviendo a la pregunta, hay que remarcar que la disciplina militar hace parte de la caricatura estalinista, que concibe al partido como un organismo en el cual la cúpula decide la política y la actividad, mientras la base se limita a acatar sin discusión. Es evidente que a ningún obrero o intelectual que simpatice con las posiciones revolucionarias le gusta la idea de pertenecer a un partido en el cual la obligación numero uno es obedecer.
En el partido de Lenin siempre reinó una amplia democracia, sobre todo en los organismos de base. Los obreros se sentían a gusto en él, y en plena libertad para discutir y criticar. A nadie se le pasaba por la cabeza que un militante pudiera ser reprimido u obligado a autocriticarse por sus posiciones políticas. Había discusiones, a veces muy fuertes, pero fraternales, sin represión.
¿Nunca hubo expulsiones del partido?
Hubo sectores y corrientes que sustentaron posiciones profundamente antagónicas con las de la dirección del partido. Algunos se separaron de él —que no es lo mismo que ser expulsado por discrepar—, pero la mayoría de esos sectores permanecieron en el partido, y sus voceros conservaron sus puestos de dirección. Por eso digo que la libertad era casi absoluta.
En el Partido Bolchevique se combinaba la disciplina, es decir, que todo el partido participaba activamente en la lucha de clases con la misma política, con una auténtica democracia Interna. La historia lo demuestra: ninguna de las grandes resoluciones se tomó por unanimidad, y me refiero a decisiones tan importantes como la toma del poder.
Algunas discusiones se realizaron en el periódico del partido: por ejemplo, la discusión acerca de la economía soviética, en la que participaron Bujarin. Preobrajenski y otros grandes teóricos y dirigentes. Esto sucedió en los años veinte, antes de que Stalin controlara totalmente el partido.
Es interesante el ejemplo de Zinoviev y Kamenev en la Revolución de Octubre...
Efectivamente, ambos se opusieron a la toma del poder en 1917. En eso estaban en su derecho. El problema fue que, cuando el Comité Central del partido votó Ja insurrección, ellos revelaron esa votación al público en forma indirecta, a través de ciertas declaraciones a los diarios burgueses. Con eso no sólo violaban la norma elemental de que lo que se vote se acate sino que además ponían en peligro nada menos que el triunfo de la revolución. Por eso Lenin los llamó traidores y rompehuelgas y exigió su expulsión. Cualquier trabajador comprende lo correcto de esta actitud. Si una asamblea de fábrica vota por mayoría salir a la huelga, el que no acata es un camero.
De todas maneras, posteriormente Kamenev demostró una gran lealtad hacia el partido, se puso a las órdenes del Comité Central y participó activamente en la insurrección. No así Zinoviev. que permaneció al margen.
Después Lenin los convocó para asumir algunas de las tareas más importantes de la revolución. Zinoviev fue el presidente de la Tercera Internacional durante los primeros altos y ambos fueron miembros de Buró Político, la máxima dirección del partido en el poder.
Así era el Partido Bolchevique: todo se discutía, incluso públicamente, en las páginas del Pravda.
¿Cómo definirla al partido en tanto grupo humano?
Hace años, cuando me dedique a estudiar sociología, leí un libro de Georges Gurvitch, que era gran admirador de Nataniel Moreno, el inventor del psicodrama como método de psicoterapia.
Apoyándose en Moreno y en otros psicólogos y sociólogos, Gurvitch dice que existen tres tipos de grupos humanos. Es una clasificación puramente socológica: cómo se organiza el hombre desde que existe sobre la tierra. Algunos grupos son sectarios, cerrados, con direcciones despóticas. Otros son casi amoríos. Hay un tercer tipo de grupo que reúne las mejores cualidades de ambos: es muy democrático y a la vez dinámico, homogéneo. En su descripción de la morfología, llamémoslo así, de los grupos, Gurvitch dice que hay un sector líder, también un sujeto al que se Ie echa la culpa de todo, cosas que he podido comprobar en la realidad.
Desde que leí a Gurvitch considero que el Partido Bolchevique corresponde perfectamente al tercer tipo: un grupo sólido, fuerte, dinámico, muy unido y fraternal, además de democrático.
Algunos nos ven desde afuera como un bloque monolítico...
Sí, o como hombres mecánicos. Me han comentado que en una facultad, cuando llegan nuestros compañeros los militantes de otras tendencias hacen gestos como imitando a unos robots. Eso no me asusta. Es sólo una caricatura de una virtud nuestra, que es pegar como un solo hombre alrededor de las consignas votadas. Quieren dar a entender que entre nosotros, dentro del partido, no existen relaciones fraternales y de gran discusión.
La fraternidad, la confianza, es otro elemento fundamental. Es la argamasa que une al partido. Esa confianza entre revolucionarios no puede existir sin democracia; lo que nos une a todos es que cada uno siento que los demás son sus camaradas de lucha.
¿Por qué es tan importante el funcionamiento disciplinado, en bloque?
Eso ya ha sido demostrado por la historia. La disciplina, la centralización, los militantes que se brindan por entero al partido, son características que se pueden aceptar o rechazar, amar u odiar, paro no ha habido una sola revolución que no haya sido dirigida por un organismo de este tipo. Un organismo laxo, no disciplinado, no jacobino, no puede tomar el poder. En este sentido podemos decir que el partido es democrático en la discusión y funciona como un ejército en la acción.
Cuestionar el centralismo es cuestionar la eficiencia misma. Si un anarquista me dice que rechaza cualquier forma de centralización, yo respondo que respeto su opinión, pero que la discusión se da en dos niveles: uno, qué es lo que se quiere; el otro, si la historia ha fallado a favor del centralismo o la anarquía en cuanto a eficiencia. Ninguna revolución de este siglo ha triunfado sin un alto grado de disciplina y centralismo. Es lógico, porque se trata de enfrentar al Estado con su ejército, su policía, todo su aparato.
¿Esta disciplina existe también en los partidos burgueses?
No, salvo en los partidos bonapartistas, los movimientos nacionalistas de derecha y los grupos fascistas que quieren hacer una contrarrevolución. Los partidos tradicionales del régimen burgués no tienen esta característica. Tampoco la necesitan, ya que tienen a todas las instituciones del aparato estatal trabajando a su favor. No luchan por conquistar el poder, no les interesa cambiar el régimen democrático burgués sino defenderlo. Este funcionamiento, que permite la existencia de distintas alas y tendencias permanentes dentro del partido, atrae a la clase media e incluso a ciertos sectores del movimiento obrero que se ven reflejados en ellas. Claro que ninguno de estos partidos ha hecho una revolución, ni tampoco quieren una contrarrevolución al estilo nazifascista. Yo creo que los partidos Demócrata y Republicano de Estados Unidos, o el Conservador e incluso el Laborista de Inglaterra, quieran dirigir una contrarrevolución fascista, y no hablemos de una revolución obrara. La insurrección obrera y la lucha armada, o un putsch contrarrevolucionario, soto pueden triunfar si las dirige un organismo centralizado con una disciplina de hierro.
¿La disciplina partidaria no produce alineación?
He polemizado sobre este tema con Mandel y Novack.
[41] Tengo una deuda con los compañeros, de exponer mis posiciones por escrito. Opino que en este mundo alienado el partido cumple un rol desalienante. Es decir, al militante se le crea una contradicción, porque la sociedad aliena y él vive en esa sociedad. El partido te da todas las posibilidades para combatir la alienación.
Me da la impresión que muchos artistas y científicos han logrado individualmente una vida feliz. Porque en última instancia la alienación se reduce a eso: es la ciencia de la felicidad o infelicidad del hombre provocada por un régimen social. Creo que algunos sectores privilegiados, muy poco numerosos, han logrado realizarse, vivir felices. Si la primera condición de la desalienación es llevar una vida plena, en la que a uno le gusta lo que hace, creo que no sólo la brinda el partido sino también, en algunos casos, la ciencia y el arte.
El régimen capitalista, monopolista, cierra esta posibilidad. Supongamos, por ejemplo, un muchacho al que le apasiona el cine y quiere hacer una película: es casi imposible, de cada mil o dos mil candidatos a directores de cine queda uno soto.
El sistema capitalista conspira contra el desarrollo de las cualidades del individuo, sean naturales o adquiridas. O las emplea cuando sirven a sus ganancias. El ejemplo del cine es válido también. para cualquier rama del arte, la ciencia...
¿Y el deporte?
También el deporte. Ahí tiene al gran golfista argentino Roberto de Vicenzo, que viene de una familia humilde. El golf es un deporte de ricos, pero él tuvo la suerte de trabajar de caddy en un club de golf, y ahí lo descubrieron. ¿Cuántos miles de chicos hay que les apasiona este deporte, u otro, y no tienen tanta suerte como de Vicenzo?
Un caso distinto es el de Gabriela Sabattini, la tenista. A los catorce años la arrancaron de la escuela, la familia, los amigos, para hacerla recorrer el circuito profesional. Entre el entrenamiento, los viajes y los partidos no tiene tiempo para otra cosa. Y así los empresarios del deporte ganan millones de dólares. Ella también gana mucha plata, pero se convierte en un monstruo que no sabe otra cosa en la vida que jugar al tenis. Por más éxitos que tenga en su carrera, se encamina a una crisis personal.
Bueno, volvamos al partido...
Si, yo veo al partido revolucionario, con su democracia interna, su programa revolucionario de movilización permanente, como el soporte más sólido para combatir la alienación o, dicho de otra manera, la forma más segura de lograr cierto grado de felicidad y de realización personal.
Claro que he conocido grupos de izquierda, incluso trotskistas, que eran alienantes. Reflejaban de alguna manera la alienación de la sociedad capitalista. Por ejemplo, les prohibían a las compañeras tener hijos o, por el contrario, les ordenaban tenerlos. A veces les imponían normas de vida muy estrictas.
Esto no sucede en los partidos fuertemente arraigados en la clase obrera, que participan de su vida, perciben sus puntos fuertes y sus debilidades, se adecúan a ella, tratan de dirigirla. A esos militantes se les abren tremendas posibilidades de desarrollo que la sociedad capitalista les niega.
Fíjese en nuestro partido. Si un compañero muestra dotes de orador o de escritor, lo alienta a que lo sea. que estudie y se desarrolle. La sociedad enseña a mentir, a ocultar lo que uno piensa, a no ver los puntos fuertes y débiles propios. El partido es un control social que nos permite descubrimos a nosotros mismos y desarrollamos.
Si un compañero demuestra tener grandes condiciones para determinada tarea, se lo impulsa a realizarla. A nadie se obliga a cumplir tareas que no le gusten, salvo que las acepte voluntariamente. Todo esto crea un ambiente de camaradería en la lucha.
¿Qué respondería usted a los que dicen que el militante pierde su individualidad?
Que ocurre todo lo contrario. Se desarrolla la creatividad individual, con un control social que es el partido. La sociedad burguesa también ejerce un control, pero busca el efecto opuesto: si el individuo es un obrero, a la burguesía sólo le interesa que se pase la vida produciendo chapitas, por ejemplo. Para el partido bolchevique el individuo es sagrado, siempre busca la manera de ayudarlo a desarrollarse. Y a que se desarrolle justamente en las actividades más nobles del ser humano: escribir, hablar, organizar, luchar.
No hay trabajo más alienante y embrutecedor que él de la línea de producción o el de las minas. El minero trabaja toda la vida para sacar unas cuantas toneladas de carbón. Pero si ese minero es un militante revolucionario, además de sacar carbón con los demás trata de organizar a sus compañeros para la lucha, saca volantes, hace denuncias, en fin realiza una serie de actividades humanas que lo hacen feliz. Puede quedar muy triste si pierde una lucha, pero en todo caso es alegría o tristeza humana, no los sentimientos animales que produce el trabajo alienado.
Existe una concepción muy difundida, de que la vida personal, íntima, del militante, está sometida a la disciplina del partido. Dicho de otra manera, el militante no puede tomar una decisión personal sin el visto bueno del partido.
Eso es absolutamente falso. El partido no se mete en la vida íntima de nadie. Salvo, claro está, que se ponga en juego su seguridad. Si alguien considera que carnerear una huelga o revelar cuestiones internas de la organización a la policía son asuntos personales, el partido tiene el deber de defenderse. A nadie se le impide que estudie o viaje, el partido soto le exige al militante que milite disciplinadamente y cumpla los compromisos que asume. En ese marco, todos nos alegramos enormemente de que un compañero tenga éxito en sus actividades personales, sean de estudio, deportivas o de cualquier tipo.
Hay un hecho que ha llamado la atención de observadores fraternales que asistan a reuniones del MAS y de sus partidos hermanos en otros países: el ambiente de risas y alegría que reina en nuestras reuniones. Marx ya hablaba de esto en su época, y una de mis críticas a Mandel y Novack es que desconocen esa cita y posición de Marx. Con esto quiero decir que el militante del partido puede y debe ser feliz por la actividad que realiza junto a sus camaradas, y por lo tanto puede desalienarse hasta un cierto grado, el que impone una sociedad monstruosa. Es una relación dinámica y contradictoria: la sociedad que explota y aliena, el partido que desaliena.
Afuera del partido existe una imagen muy distinta. Se dice, por ejemplo, que el partido desalienta a los militantes que quieren tener hijos, porque esto desvía esfuerzos que deberían volcarse a la actividad política.
Lo primero que tengo que decir es que en mi partido todo el mundo tiene hijos, hay muchísimos chicos. Yo mismo tengo hijos. Si se demora la revolución, podemos decir que vamos a tener un partido grande por simple reproducción, si logramos que los chicos sean revolucionarios como sus padres. Bueno, ésa es la primera respuesta.
Ahora, como dije antes, he conocido organizaciones que prohibían a sus militantes tener hijos y controlaban severamente su vida personal. Nuestra concepción es distinta. Desde luego, existen de ‘as normas objetivas, que todos deben cumplir, pero eso es propio de todo agrupamiento humano, uno no puede ser socio de un club deportivo, por ejemplo, si no paga su cuota mensual y observa ciertas normas de conducta. El militante cumple las normas del partido y hace con su vida personal lo que desea.
Pasando a otro aspecto de la vida partidaria, me gustaría que comente algo sobre la moral proletaria, o moral partidaria.
No son lo mismo. La moral proletaria tiene que ver con la actividad sindical: acatar las decisiones de las asambleas, participar en las huelgas, ser solidario con las luchas en otras empresas, ser buen compañero, no ser camero o alcahuete de la patronal. La moral proletaria busca la cohesión de la clase en la lucha y en la vida cotidiana, es decir, que la clase obrera se reconozca a si misma y sea solidaria.
La moral partidaria responde a las necesidades del partido. Es mucho más estricta. Forma parte de la moral obrera, pero tiene exigencias más amplias y específicas.
Veamos un ejemplo reciente: la gran huelga minera inglesa. He leído que hay mucha bronca con los mineros del distrito de Nottingham, que carnerearan el conflicto. Entonces los activistas de la huelga fueron allá a tratar de convencerlos de que no entraran a trabajar, hubo algunos choques y el gobierno aprovechó para reprimir al activismo, diciendo que la huelga era “violenta”. Bueno, esos cameros fallaron ala moral proletaria.
Supongamos que un compañero nuestro participó en esa huelga, pero sin militar activamente en ella. Diremos de él que cumplió con la moral proletaria pero falló la moral partidaria, que exige a los militantes del partido que sean los mejores activistas, los más valientes, los primeros en ir al frente cuando la situación lo requiere.
También se puede hablar de una moral racial, entre las razas oprimidas. En Sudáfrica hay una moral negra muy poderosa y progresiva, que se expresa, por ejemplo, en que en los barrios matan a los negros que colaboran con el Apartheid, como los policías negros. Eso es un golpe muy fuerte para el régimen blanco.
En términos generales, la moral es un cuerpo de normas necesarias para el buen funcionamiento de cualquier agrupamiento humano. En el caso del partido significa acatar las resoluciones que se toman. Significa también ser fraternal con los camaradas, porque el partido es una fraternidad de luchadores, de perseguidos. Fallar a ella también es una falta a la moral partidaria.
¿Diría usted que un dirigente del partido falla a la moral partidaria si busca su enriquecimiento personal?
Eso es relativo. Hay un estudio sociológico que demuestra que muchos de los grandes dirigentes marxistas de este siglo venían de la gran burguesía.
En todos los militantes se da una contradicción muy grande: son parte de la sociedad y a la vez su actividad militante está dirigida a cambiaría. Esto significa que si Einstein entrara a nuestro partido, no dejaría de hacer su vida universitaria ni de comprarse todos los libros que necesite ni viajar a congresos científicos, para lo cual necesitaría ingresos bastantes altos.
Yo opino que un dirigente no puede ser dueño de una empresa capitalista, pero también puede haber excepciones. Una de ellas es célebre, sucedió en los comienzos del movimiento marxista: Erígete era gerente de la fábrica de su padre, pero usaba una buena parte del dinero que ganaba para ayudar a Marx, que era muy pobre, para que pudiera dedicarse a sus tareas y sus estudios sin preocupaciones económicas.
Insisto, son excepciones. La norma es que un dirigente no debe hacerse rico, menos que menos explotando el trabajo obrero, como un capitalista.
¿Y un militante de base?
Para los militantes de base los criterios no son tan rígidos, pero el problema es que todos los militantes, sean dirigentes o de base, sufren contradicciones por vivir en sociedad. Todos sabemos que nuestro peores enemigos son el ejercito y la policía, que viven tratando de destruimos. Ahora, supongamos que a través de nuestra propaganda ganamos a un oficial para nuestras ideas. En determinado momento podemos pedirle que, en vez de solicitar la baja, siga en las fuerzas armadas para ganar a otros oficiales. Ese militante vive una contradicción muy aguda.
Lo mismo puede suceder si ganamos a un cura. En los años 30 hubo un pastor norteamericano, Edwin Muste, que militó con los trotskistas que más adelante formarían el SWP. Era un camarada muy disciplinado, pero no dejaba de ir al templo a oficiar los ritos. O sea que militaba para el opio de los pueblos y al mismo tiempo para el partido que quería liquidar ese opio. Son contradicciones personales que se plantean.
¿Cómo las resuelve el partido?
Ante todo, el partido no es una clínica psiquiátrica, sino una organización política. Esas contradicciones son subproductos de la militancia partidaria, son el aspecto subjetivo, psicológico, de la actividad. El partido no tiene por qué tener una política directa para resolver esa clase de problemas. Sus tareas son políticas.
Para mí, la actividad del partido provoca en general una tendencia hacia el desarrollo de las cualidades personales y la desalienación. Si comparamos mi caso con el de Muste, yo de joven era idealista y la actividad partidaria me fue llevando a conclusiones de tipo materialista. Muste, en cambio, abandonó el partido y volvió a la iglesia, aunque hada el final de su vida fue dirigente del movimiento contra la guerra de Vietnam.
O sea que los casos son individuales, pero el partido proporciona un medio para que el individuo desarrolle sus facultades. Esto, vuelvo a insistir, es un subproducto de la actividad partidaria, que es esencialmente política.
Hay compañeros que viven por cuenta del partido, ¿verdad?
Sí, son compañeros que están siempre a disposición del partido, tienen que viajar, atender políticamente a las distintas zonas, ayudarlas en su desarrollo. Puede ser un compañero de gran experiencia política o sindical, que el partido lo envía a apoyar a una dirección regional cuando se produce un hecho de mucha importancia en la lucha de clases, una gran huelga o un “cordobazo”. La prensa partidaria también necesita compañeros con dedicación exclusiva. Hay otros que no son dirigentes pero que cumplen funciones indispensables: el partido no puede arreglárselas sin abogado, contador, compañeros que cumplen tareas secretariales, en fin, lo que llamamos el aparato del partido.
¿Y de qué viven? Porque es evidente que no pueden estar trabajando ocho horas diarias...
De lo que les paga el partido, que en general equivale a un salario obrero medio. A veces puede ser un poco mayor. En un país donde es muy bajo —por ejemplo, en Nicaragua creo que anda por los doce dólares mensuales—, no le alcanza a un dirigente que tiene que viajar por el país, para atender las distintas zonas del partido. Entonces se le paga un poco más, o se le dan viáticos. Ahora, por principio, tendemos al salario obrero medio para esos compañeros, que nosotros llamamos profesionales.
¿De dónde salen los fondos para eso?
Básicamente de los aportes de los propios militantes. Una de las primeras enseñanzas que aprende ; un compañero que se acerca a nosotros es que éste es un partido obrero que se mantiene gracias a eso. Para nosotros es una cuestión moral y política de primer orden, ese aporte mensual. Es como la cuota sindical, todos los obreros la pagan, sólo que en nuestro caso el monto es voluntario, hay compañeros que tienen más medios que otros y pueden cotizar más.
¿Seria el caso do un parlamentario nuestro? Porque en la Argentina el sueldo de un parlamentario es ocho a nueve veces mayor que el sueldo de un obrero.
Un compañero que es elegido al parlamento pasa a ser un profesional del partido, con una tarea específica. Entonces se le pide que cotice la mayor parte de su dieta, y retenga lo que necesita para vivir.
Esto fue tema de gran discusión en Perú, donde nuestro partido hermano tenía varios parlamentarios. Yo estaba a favor de que conservaran un monto superior al salario obrero medio, e incluso que aprovecharan las facilidades para comprar auto y casa, con créditos especiales que les daba el Estado. Otros compañeros estaban en contra y hubo mucha discusión. Si viene una delegación obrera a plantearte un problema a un parlamentario nuestro, me parece elemental que el compañero los invite con un café, y que pueda hacerlo en la cafetería del parlamento, aunque sea un poco más cara. Y para eso él salario medio no alcanza.
Hay otros problemas a estudiar. Por ejemplo, cómo ayudamos a un compañero que pasa los cuarenta años, una edad a la que es muy difícil conseguir trabajo, y que por su entrega y devoción al partido no ha podido adquirir ningún oficio. O bien, si el partido está muy necesitado de dinero, podríamos pedirle a un compañero de familia burguesa que se ocupe de los negocios familiares para aportar una cuota muy alta. O sea, que haga lo que hizo Engels durante un tiempo.
Ahora, para resolver estos problemas de ubicación social de los compañeros también somos democráticos. La discusión en Perú fue tremenda. Los compañeros parlamentarios estaban de lo más acomplejados, se veían como unos criminales antipartido por recibir un poco más de sueldo por sus tareas específicas. Lo importante es que la discusión se hizo, y todos acataron lo que se resolvió.
¿Y qué se resolvió?
Que los compañeros ganaran un poco más que el salario obrero medio. Mencioné todos estos casos como ejemplos de las distintas contradicciones que sufre el partido.
Es evidente que los vicios de la sociedad de alguna manera entran al partido. Por ejemplo, el machismo. Muchas compañeras opinan que existe la opresión de la mujer dentro del partido. ¿Usted coincide con ellas?
Para mí, sí existe. Evidentemente, un obrero machista no va a dejar de serlo de la mañana a la noche por el solo hecho de entrar al partido. Le voy a contar una anécdota de la revolución portuguesa. Entre los máximos dirigentes del maoísmo portugués había una pareja, excelentes militantes los dos, sobre todo ella, que era directamente brillante. En un congreso maoísta, que se hizo en un teatro, ella estaba hablando y parece que se extendía demasiado. Entonces él gritó desde su butaca, “¡Bueno basta, ya hablaste bastante!”. Y ella se interrumpió, corto su intervención.
Así son las cosas. Tal vez alguien conozca una pildorita antimachismo de efecto inmediato, yo no. Es un proceso que lleva años.
En general, veo un gran avance en el partido. Hay machismo, pero es un partido muy sano y se hacen avances en el sentido de superarlo.
La compañera Nora Ciapponi dijo en una entrevista por la radio que el nuestro es el único partido en cuyo Comité Central hay un treinta y tres por ciento de mujeres.
Y ese porcentaje es aún más alto en las direcciones de los locales. En una época la proporción de mujeres en la dirección superó el cincuenta por ciento. Por eso digo que existe un buen ambiente en el partido, incluso entre los camaradas hombres. Algunos compañeros sufren por esto, pero tienen que aceptarlo.
Ahora, también he visto el fenómeno opuesto. Tal vez las compañeras se horroricen, pero he observado en determinados escalones del partido que las compañeras dominan a sus parejas. No lo digo para criticar: hace ocho mil años que las mujeres vienen sufriendo la opresión, entonces es lógico y hasta progresivo que se invierta la situación. Pero es una realidad.
¿Qué significa, en determinados escalones?
Como problema social es muy complejo. Los sexólogos que he leído opinan que la opresión al homosexual masculino, que siempre fue muy intensa, empieza a aflojar en los últimos años. Así como hace treinta o cuarenta años la sociedad rechazaba a una mujer que tenía varias relaciones de pareja y ahora empieza a aceptaría, parece que sucede lo mismo con los homosexuales. Quedan muchos prejuicios, pero van desapareciendo.
Algunos sexólogos italianos reivindican la homosexualidad femenina: dicen que en la relación heterosexual la mujer es sometida, mientras que en la homosexualidad pasa a ser sujeto de la relación. Hay gran amistad y franqueza, las integrantes de la pareja se comentan libremente qué es lo que les gusta, etcétera.
Yo considero a la homosexualidad algo tan normal que me opongo a hacer propaganda. En este sentido coincido plenamente con Daniel Guerin, el gran historiador marxista francés —y conocido homosexual—, autor de un libro donde reivindica la homosexualidad. Para mí es lo mejor que se ha escrito al respecto. En el prólogo a la edición japonesa de su libro Guerin alerta a los homosexuales contra su tendencia a hacer de su liberación un fin en sí mismo, y que el gran problema que debe plantearse todo militante es la transformación de la sociedad.
Un compañero homosexual, dirigente del partido brasileño, quería hacer una corriente dentro del partido a favor de la homosexualidad. Yo me opuse, justamente porque considero a la homosexualidad tan normal como la heterosexualidad.
Supongamos que se crea una corriente así dentro del partido, con derechos de fracción. Quiere decir que en los locales habría salitas, cada una con su cartel: “Hombres con Mujeres”, “Hombres con Hombres”, ‘Mujeres con Mujeres”, y cada fracción tendría su boletín..
Pero los homosexuales son reprimidos, los heterosexuales no.
Ah, no, eso es completamente distinto. Dentro de la sociedad luchamos a muerte contra la opresión de los homosexuales y todo tipo de opresión: nacional, racial, etcétera. Yo me refería a que me opongo a hacer ese tipo de actividad hacia el interior del partido. Hacia afuera sí combatimos la opresión de los homosexuales, que para mí es una colateral de la opresión de la mujer.
Bueno, vamos a la última pregunta de este libro, Usted, ¿qué balance haría de su vida como militante? Y no se ofenda, todos sabemos que le quedan muchos años todavía.
¿Usted me pide un balance personal?
SI.
Bien, desde que Trotsky escribió su hermoso testamento, es un lugar común para los trotskistas decir, “si volviera a vivir, haría exactamente lo mismo, pero rectificando algunos errores”. Yo reivindico plenamente el haber sido durante toda mi vida un militante profesional, dedicado por entero al partido, y la revolución. Ahora, creo que hemos cometido muchos más errores que Trotsky y los bolcheviques. Cuando digo que el nuestro ha sido un trotskismo bárbaro es porque lo creo de veras, no estoy haciendo demagogia. Nosotros nos formamos solos, sin ayuda de una verdadera internacional. Entonces, al hacer el balance, sin pena y con muy poca gloria, veo una enorme cantidad de errores, algunos de ellos muy graves, incluso ridículos. Tuvimos que pagar el precio de la inexistencia de una internacional, así como de la muerte de Trotsky. Si quiere un ejemplo, en el ‘47 el partido fue a elecciones con el programa de la Comuna de París, que no tenía nada que ver con la situación argentina. Si no hubiéramos cometido infinidad de errores como éste, estoy convencido de que hoy estaríamos mucho mejor de lo que estamos.
Otro error muy grave fue el haber tenido tantos militantes profesionales en el partido. Si pudiera volver atrás, pienso que habría que evitar eso, y que muchos de los compañeros que fueron profesionales rentados por el partido deberían haber ido a trabajar e insertarse en la sociedad. La profesionalización genera tendencias a vivir encerrado, a marginarse de la sociedad.
Pero mi problema más grave es el del equipo de dirección: cómo cuidarlo, hacer todos los sacrificios necesarios para que los dirigentes tengan buenas relaciones entre ellos. Durante un largo período no entendí ese problema. Cuando por fin lo comprendí, gracias a la dirección del Socialist Workers Party y a Joe Hansen
[42] en especial, ya era tarde.
Algunos compañeros de la vieja guardia sostienen que la ruptura del viejo equipo de dirección, con Bengochea, Lagar, Fucitto y otros, el mejor que ha tenido el partido en toda su historia, era inevitable debido a la influencia política del castrismo. Ese factor existió, pero yo creo que se agregaron elementos de tipo subjetivo, aportados por mí. Preferí discutir y ejercer la verdad en abstracto, en lugar de poner todo el cuidado posible para mantener ese equipo. Tal vez no sea así, pero yo moriré con esa duda y esa pena.

2 de febrero de 2009

REFORMA Y REVOLUCION (Nahuel Moreno)

Reforma y revolución son fenómenos que se dan en todo lo existente, al menos en todo lo vivo. Reforma, como su nombre lo indica, es mejorar, adaptar algo, para que siga existiendo. Revolución, en cambio, es el fin de lo viejo y el surgimiento de algo completamente nuevo, distinto.
Si tomamos como ejemplo el desarrollo de la aeronáutica, podemos ver que ha pasado por tres revoluciones: la primera, cuando el hombre comienza a volar, con artefactos más livianos que el aire: los globos; la segunda se da cuando inventa aparatos más pesados que el aire: los aviones con motores a explosión; la tercera revolución son los motores de retropropulsión, "a chorro".
¿Por qué llamamos "revoluciones" a estos tres grandes avances? Porque cada uno de ellos es sustancialmente distinto al anterior, y lo liquida. Los aviones con motor a explosión liquidan a los globos. Los aviones a chorro liquidan a los aviones a explosión. Un avión no tiene nada que ver con un globo y un motor a chorro no tiene nada que ver con un motor a explosión.
Pero, entre cada una de estas revoluciones, se dan progresos, mejoras. es decir, reformas. El globo lleno de aire caliente, que volaba para donde lo llevaba el viento y sólo podía transportar a tres o cuatro personas, es mejorado hasta llegar a los grandes "zeppelines" alemanes. Henos de gases más livianos que el aire, con motores que les permiten votar hacia donde quieran y capaces de transportar a centenares de pasajeros. Eso fue una reforma. Los aviones monomotores biplanos que se usaron en la primera guerra mundial sólo llevaban a una o dos personas, podían subir pocos centenares de metros y tenían escasa autonomía de vuelo; los últimos aviones con motor a explosión fueron los enormes bombarderos cuatrimotores de la segunda guerra mundial, que volaban a miles de metros de altura, llevaban toneladas de bombas y tenían gran autonomía o los "Super Constella-tion". que transportaban a más de 100 pasajeros atravesando los océanos. También fueron una reforma. Otra es la que va desde los primeros aviones a chorro alemanes, o los Gloster Meteor que usaron los yanquis en la guerra de Corea, pequeños y con velocidades subsónicas, hasta los cazas supersónicos actuales, o el "Concorde". Todas éstas son reformas, porque un Zeppelin seguía siendo un globo, un Super Constellation es un avión con motor a explosión y un Concorde un avión a chorro, aunque fueran infinitamente superiores al primer globo, al monomotor de la primera guerra o a los Messerschmicht a chorro alemanes de la segunda guerra.
Como toda definición marxista o científica, revolución y reforma son relativos al segmento de la realidad que estamos estudiando, es decir, al objeto con relación al cual aplicamos estas categorías. SÍ en vez de estudiar la aeronáutica estudiáramos los medios de transporte en general, todo cambia. Hay varias revoluciones. Antes que nada el hombre camina, después cabalga, es decir utiliza los pies o las patas; después inventa la rueda, que es la más grande revolución hecha hasta la fecha en el transporte. Gracias a la rueda se desarrollan muchísimos medios terrestres de transporte: los coches tirados a caballo, los trenes, los automóviles. Por otra parte, el hombre navega con distintos medios: el bote, el buque, el transatlántico, impulsados por diferentes fuentes de energía. Por último, vuela.
Si tomamos en cuenta el medio por donde el hombre logra transportarse, hay sólo cuatro revoluciones: tierra, mar, aire y espacio. Todos los otros cambios, con relación a esta clasificación, son reformas: la rueda para la tierra, las canoas o los buques para el agua, los globos y los aviones para el aire, los cohetes para el espacio, Pero si tomamos, por ejemplo, el transporte terrestre en sí mismo, todos esos cambios que ya mencionamos son revoluciones.
Estas categorías de reforma y revolución también se dan en el terreno histórico social. Para poder usarlas correctamente, no debemos olvidar nunca su carácter relativo. ¿Revolución con relación a qué? ¿Reforma con relación a qué?
Si nos referimos a la estructura de la sociedad, a las clases sociales, la única revolución posible es la expropiación de la vieja clase dominante por la clase revolucionaría. Esa expropiación cambia totalmente la sociedad, porque hace desaparecer a la clase que hasta ayer dominaba la producción y la distribución, y el papel es asumido por otra clase. Cualquier otro fenómeno es una reforma.
Si nos referimos al estado, la única revolución posibles es que una clase destruya el estado de otra, la expulse del mismo y lo tome en sus manos construyendo un estado distinto. En nuestra época eso es la revolución socialista o social. Todo lo que ocurra con los regímenes y gobiernos son sólo reformas, en tanto no se cambie el carácter de clase del estado.
Pero nosotros sostenemos que esa misma ley se aplica con relación a los regímenes políticos. En los regímenes políticos puede haber reformas y revoluciones. Es decir, dentro de un mismo estado (por ejemplo el estado burgués) se producen cambios en el régimen político, que pueden darse por dos vías: reformista o revolucionaria. Con relación al estado, da lo mismo: todas son reformas, porque el estado sigue siendo burgués. Pero con relación al régimen no es lo mismo.
Este problema es muy importante para la acción, la política y el programa del partido revolucionario. Porque éste no lucha en abstracto contra el estado burgués. Lucha contra el estado tal cual se da en cada momento; es decir, lucha contra el régimen político, contra las instituciones de gobierno que en cada circunstancia asumen ese estado, y contra el gobierno que las encabeza.

31 de enero de 2009

EL REGIMEN LENINISTA (Por Nahuel Moreno)

Lo que caracteriza a nuestro programa con respecto a todas las organizaciones obreras, inclusive los actuales estados obreros que se reclaman del socialismo es que nosotros queremos llevar a cabo una revolución política que cambie su régimen actual por uno leninista. Por eso es importante precisar las características esenciales del régimen de Lenín y Trotsky en sus primeros años. Algunas fueron abolidas por el mismo régimen en circunstancias excepcionales, como la guerra civil o el hambre. Pero estas excepciones no anulan la regla, ya que tanto Lenín como Trotsky siempre insistieron en que su abolición era momentánea y en que el régimen debía ser como en sus primeros años.
Cuatro características fundamentales
I. Socialmente, la clase obrera domina con sus organizaciones el aparato de estado. En el régimen soviético la estructura básica del estado son los soviets de obreros y campesinos. Dado el abrumador peso numérico de los campesinos, se impone un tipo de representación que garantice la mayoría obrera y su control del aparato del estado.
II. El régimen político es de democracia obrera irrestricta.
a) Nadie puede coartar la más absoluta libertad para todos los obreros que forman parte del soviet. Todos los trabajadores tienen derecho a formar parte de sus organizaciones (sindicatos, comités de fábrica y soviets). Ningún obrero puede ser expulsado ni se le puede negar el uso de la palabra o de cualquiera de las libertades individuales, aunque políticamente sea
conservador.
b) Pluripartidista.
Dentro de los soviets no son legales solamente los partidos revolucionarios que están en al gobierno (bolcheviques y socialistas revolucionarios de izquierda) sino todos los partidos reformistas (los mencheviques y socialistas revolucionarios de derecha) y aún los partidos burgueses (siempre que haya obreros o campesinos que los apoyen y constituyan fracciones).
c) Mucho mayores libertades que bajo el régimen democrático-burgués.
Se abre la etapa de mayores libertades políticas, culturales, artísticas, científicas, de reunión, prensa e información que jamás haya conocido la humanidad. Todos los partidos tienen papel y facilidades para publicar sus opiniones. Los artistas y científicos gozan de la más absoluta libertad de expresión e investigación. El gobierno pone a disposición de todo el pueblo salones gratis para cuando quieran reunirse o hacer asambleas. No hay ningún tipo de censura. El régimen no tiene arte, ni ciencia oficiales ya que no se mete para nada con ellas, sólo las protege para que se expresen todas las
corrientes.
d) Independencia de los sindicatos respecto del estado.
Después que se ganó la guerra civil, la URSS de Lenín legisló que los sindicatos fueran absolutamente independientes del estado, para que pudieran expresar la voluntad de los trabajadores: si éstos querían hacer huelgas tenían todo el derecho de hacerlas, al igual que de reunirse en asambleas para votarlas.
III. Un régimen revolucionario para la lucha permanente. Es un régimen votado mayoritariamente, en forma democrática, por los obreros en los soviets. Esa votación tiene un significado: las organizaciones obreras votan la dirección y la política revolucionaria del Partido Bolchevique. Esa es la razón de que el régimen soviético impulsara la movilización revolucionaria permanente de la clase obrera y el campesinado para avanzar cada vez más en la revolución interna e internacional. Es un régimen para la lucha permanente de los obreros rusos y del mundo. Los soviets son órganos de lucha y gubernamentales. Bajo Lenín y Trotsky jamás perdieron su carácter de órganos de lucha para transformarse en meros órganos administrativo del estado.
IV. Un partido obrero, democrático, revolucionario e internacionalista. El partido que dirige el régimen soviético, el Partido Bolchevique, tiene concentradas y mucho más elevadas, conscientes, todas esas características-
a) Obrero.- El Partido Bolchevique siempre fue obrero por su ideología, su actividad (incluida la de sus dirigentes), sus militantes y sus cuadros. Ganaba las elecciones, por ejemplo, sólo en las barriadas obreras más concentradas.
b) Democrático.- En el Partido Bolchevique todo se resolvía por discusión y votación. Prácticamente no hay ninguna resolución importante que haya sido adoptada por unanimidad. Después que se tomó el poder, esta democracia y libertad absolutas para los militantes se amplió mucho más. Las más grandes discusiones ?e hacían públicamente en las páginas de los periódicos oficiales del partido. Ningún dirigente fue expulsado jamás por sus opiniones o sus discusiones con la dirección.
c) Revolucionario,- El partido alentaba permanentemente la movilización revolucionaria de las masas. Comenzó a levantar a escala nacional e internacional un programa de transición, de movilización permanente de las masas. Consideraba que la toma del poder era una razón fundamental para acelerar la movilización revolucionaria, no sólo a nivel nacional sino también internacional. El centro de toda su política pasaba por lograr desarrollar la movilización del proletariado mundial y de las masas oprimidas para hacer triunfar la revolución socialista internacional. Sin esto no había ninguna posibilidad de triunfo definitivo en la misma URSS.
d) Su logro más importante fue la III Internacional.- Su internacionalismo se concretó en la fundación de la III Internacional para dirigir la revolución socialista. El propio Partido Bolchevique resolvió supeditarse a la Internacional, ya que la revolución rusa era sólo una parte decisiva de la revolución mundial, pero parte al fin. Dejó de ser un partido ruso para transformarse en una sección de la III Internacional. Los dirigentes del partido pregonaron a los cuatro vientos que su internacionalismo llegaba hasta propugnar que, si era necesario, estaban dispuestos a hundir la revolución rusa para que triunfase la alemana, mucho más importante para la revolución mundial.
La III Internacional fue como el Partido Bolchevique, esencialmente obrera, democrática, revolucionaria. Fue el partido mundial de la revolución socialista, de la lucha permanente hasta el triunfo del socialismo en el mundo.