Se dice que el partido leninista, con su estructura centralista, su disciplina casi militar, está perimido. En Europa, sobre todo, grandes sectores de la izquierda se oponen a ese tipo de estructura partidaria. ¿Qué les diría usted a quienes opinan de esa manera?
Ante todo, que no deben confundir al partido leninista con la caricatura que ha hecho el estalinismo de él. Esas corrientes que usted menciona reflejan la repugnancia que provocan los partidos estalinistas: se han tragado el cuento de que el estalinismo es la continuación del leninismo, cuando en realidad es exactamente lo contrarío. Es cierto que conserva algunas similitudes formales, como la estructuración del partido en células, equipos de trabajo permanentes, aunque últimamente los partidos estalinistas están perdiendo esta característica. La definición del militante como persona que realiza actividad partidaria y pertenece a un organismo donde discute la política y la actividad del partido es propia del leninismo.
Quiero decir a la pasada, y saliendo un poco de los marcos estrictos del tema, que esta concepción leninista originó la primera división leninista origino la primera división del marxismo ruso en sus alas bolchevique y menchevique, pero fue superada después de 1905, cuando un congreso unificado del partido aprobó la fórmula de Lenin. De ahí en adelante persistió la división entre las dos alas, pero referida a sus diferencias en la interpretación de la Revolución Rusa, que se volvieron cada vez más irreconciliables. Esa fue, entonces, la causa de fondo que separó a las dos tendencias del marxismo ruso.
Volviendo a la pregunta, hay que remarcar que la disciplina militar hace parte de la caricatura estalinista, que concibe al partido como un organismo en el cual la cúpula decide la política y la actividad, mientras la base se limita a acatar sin discusión. Es evidente que a ningún obrero o intelectual que simpatice con las posiciones revolucionarias le gusta la idea de pertenecer a un partido en el cual la obligación numero uno es obedecer.
En el partido de Lenin siempre reinó una amplia democracia, sobre todo en los organismos de base. Los obreros se sentían a gusto en él, y en plena libertad para discutir y criticar. A nadie se le pasaba por la cabeza que un militante pudiera ser reprimido u obligado a autocriticarse por sus posiciones políticas. Había discusiones, a veces muy fuertes, pero fraternales, sin represión.
¿Nunca hubo expulsiones del partido?
Hubo sectores y corrientes que sustentaron posiciones profundamente antagónicas con las de la dirección del partido. Algunos se separaron de él —que no es lo mismo que ser expulsado por discrepar—, pero la mayoría de esos sectores permanecieron en el partido, y sus voceros conservaron sus puestos de dirección. Por eso digo que la libertad era casi absoluta.
En el Partido Bolchevique se combinaba la disciplina, es decir, que todo el partido participaba activamente en la lucha de clases con la misma política, con una auténtica democracia Interna. La historia lo demuestra: ninguna de las grandes resoluciones se tomó por unanimidad, y me refiero a decisiones tan importantes como la toma del poder.
Algunas discusiones se realizaron en el periódico del partido: por ejemplo, la discusión acerca de la economía soviética, en la que participaron Bujarin. Preobrajenski y otros grandes teóricos y dirigentes. Esto sucedió en los años veinte, antes de que Stalin controlara totalmente el partido.
Es interesante el ejemplo de Zinoviev y Kamenev en la Revolución de Octubre...
Efectivamente, ambos se opusieron a la toma del poder en 1917. En eso estaban en su derecho. El problema fue que, cuando el Comité Central del partido votó Ja insurrección, ellos revelaron esa votación al público en forma indirecta, a través de ciertas declaraciones a los diarios burgueses. Con eso no sólo violaban la norma elemental de que lo que se vote se acate sino que además ponían en peligro nada menos que el triunfo de la revolución. Por eso Lenin los llamó traidores y rompehuelgas y exigió su expulsión. Cualquier trabajador comprende lo correcto de esta actitud. Si una asamblea de fábrica vota por mayoría salir a la huelga, el que no acata es un camero.
De todas maneras, posteriormente Kamenev demostró una gran lealtad hacia el partido, se puso a las órdenes del Comité Central y participó activamente en la insurrección. No así Zinoviev. que permaneció al margen.
Después Lenin los convocó para asumir algunas de las tareas más importantes de la revolución. Zinoviev fue el presidente de la Tercera Internacional durante los primeros altos y ambos fueron miembros de Buró Político, la máxima dirección del partido en el poder.
Así era el Partido Bolchevique: todo se discutía, incluso públicamente, en las páginas del Pravda.
¿Cómo definirla al partido en tanto grupo humano?
Hace años, cuando me dedique a estudiar sociología, leí un libro de Georges Gurvitch, que era gran admirador de Nataniel Moreno, el inventor del psicodrama como método de psicoterapia.
Apoyándose en Moreno y en otros psicólogos y sociólogos, Gurvitch dice que existen tres tipos de grupos humanos. Es una clasificación puramente socológica: cómo se organiza el hombre desde que existe sobre la tierra. Algunos grupos son sectarios, cerrados, con direcciones despóticas. Otros son casi amoríos. Hay un tercer tipo de grupo que reúne las mejores cualidades de ambos: es muy democrático y a la vez dinámico, homogéneo. En su descripción de la morfología, llamémoslo así, de los grupos, Gurvitch dice que hay un sector líder, también un sujeto al que se Ie echa la culpa de todo, cosas que he podido comprobar en la realidad.
Desde que leí a Gurvitch considero que el Partido Bolchevique corresponde perfectamente al tercer tipo: un grupo sólido, fuerte, dinámico, muy unido y fraternal, además de democrático.
Algunos nos ven desde afuera como un bloque monolítico...
Sí, o como hombres mecánicos. Me han comentado que en una facultad, cuando llegan nuestros compañeros los militantes de otras tendencias hacen gestos como imitando a unos robots. Eso no me asusta. Es sólo una caricatura de una virtud nuestra, que es pegar como un solo hombre alrededor de las consignas votadas. Quieren dar a entender que entre nosotros, dentro del partido, no existen relaciones fraternales y de gran discusión.
La fraternidad, la confianza, es otro elemento fundamental. Es la argamasa que une al partido. Esa confianza entre revolucionarios no puede existir sin democracia; lo que nos une a todos es que cada uno siento que los demás son sus camaradas de lucha.
¿Por qué es tan importante el funcionamiento disciplinado, en bloque?
Eso ya ha sido demostrado por la historia. La disciplina, la centralización, los militantes que se brindan por entero al partido, son características que se pueden aceptar o rechazar, amar u odiar, paro no ha habido una sola revolución que no haya sido dirigida por un organismo de este tipo. Un organismo laxo, no disciplinado, no jacobino, no puede tomar el poder. En este sentido podemos decir que el partido es democrático en la discusión y funciona como un ejército en la acción.
Cuestionar el centralismo es cuestionar la eficiencia misma. Si un anarquista me dice que rechaza cualquier forma de centralización, yo respondo que respeto su opinión, pero que la discusión se da en dos niveles: uno, qué es lo que se quiere; el otro, si la historia ha fallado a favor del centralismo o la anarquía en cuanto a eficiencia. Ninguna revolución de este siglo ha triunfado sin un alto grado de disciplina y centralismo. Es lógico, porque se trata de enfrentar al Estado con su ejército, su policía, todo su aparato.
¿Esta disciplina existe también en los partidos burgueses?
No, salvo en los partidos bonapartistas, los movimientos nacionalistas de derecha y los grupos fascistas que quieren hacer una contrarrevolución. Los partidos tradicionales del régimen burgués no tienen esta característica. Tampoco la necesitan, ya que tienen a todas las instituciones del aparato estatal trabajando a su favor. No luchan por conquistar el poder, no les interesa cambiar el régimen democrático burgués sino defenderlo. Este funcionamiento, que permite la existencia de distintas alas y tendencias permanentes dentro del partido, atrae a la clase media e incluso a ciertos sectores del movimiento obrero que se ven reflejados en ellas. Claro que ninguno de estos partidos ha hecho una revolución, ni tampoco quieren una contrarrevolución al estilo nazifascista. Yo creo que los partidos Demócrata y Republicano de Estados Unidos, o el Conservador e incluso el Laborista de Inglaterra, quieran dirigir una contrarrevolución fascista, y no hablemos de una revolución obrara. La insurrección obrera y la lucha armada, o un putsch contrarrevolucionario, soto pueden triunfar si las dirige un organismo centralizado con una disciplina de hierro.
¿La disciplina partidaria no produce alineación?
He polemizado sobre este tema con Mandel y Novack. [41] Tengo una deuda con los compañeros, de exponer mis posiciones por escrito. Opino que en este mundo alienado el partido cumple un rol desalienante. Es decir, al militante se le crea una contradicción, porque la sociedad aliena y él vive en esa sociedad. El partido te da todas las posibilidades para combatir la alienación.
Me da la impresión que muchos artistas y científicos han logrado individualmente una vida feliz. Porque en última instancia la alienación se reduce a eso: es la ciencia de la felicidad o infelicidad del hombre provocada por un régimen social. Creo que algunos sectores privilegiados, muy poco numerosos, han logrado realizarse, vivir felices. Si la primera condición de la desalienación es llevar una vida plena, en la que a uno le gusta lo que hace, creo que no sólo la brinda el partido sino también, en algunos casos, la ciencia y el arte.
El régimen capitalista, monopolista, cierra esta posibilidad. Supongamos, por ejemplo, un muchacho al que le apasiona el cine y quiere hacer una película: es casi imposible, de cada mil o dos mil candidatos a directores de cine queda uno soto.
El sistema capitalista conspira contra el desarrollo de las cualidades del individuo, sean naturales o adquiridas. O las emplea cuando sirven a sus ganancias. El ejemplo del cine es válido también. para cualquier rama del arte, la ciencia...
¿Y el deporte?
También el deporte. Ahí tiene al gran golfista argentino Roberto de Vicenzo, que viene de una familia humilde. El golf es un deporte de ricos, pero él tuvo la suerte de trabajar de caddy en un club de golf, y ahí lo descubrieron. ¿Cuántos miles de chicos hay que les apasiona este deporte, u otro, y no tienen tanta suerte como de Vicenzo?
Un caso distinto es el de Gabriela Sabattini, la tenista. A los catorce años la arrancaron de la escuela, la familia, los amigos, para hacerla recorrer el circuito profesional. Entre el entrenamiento, los viajes y los partidos no tiene tiempo para otra cosa. Y así los empresarios del deporte ganan millones de dólares. Ella también gana mucha plata, pero se convierte en un monstruo que no sabe otra cosa en la vida que jugar al tenis. Por más éxitos que tenga en su carrera, se encamina a una crisis personal.
Bueno, volvamos al partido...
Si, yo veo al partido revolucionario, con su democracia interna, su programa revolucionario de movilización permanente, como el soporte más sólido para combatir la alienación o, dicho de otra manera, la forma más segura de lograr cierto grado de felicidad y de realización personal.
Claro que he conocido grupos de izquierda, incluso trotskistas, que eran alienantes. Reflejaban de alguna manera la alienación de la sociedad capitalista. Por ejemplo, les prohibían a las compañeras tener hijos o, por el contrario, les ordenaban tenerlos. A veces les imponían normas de vida muy estrictas.
Esto no sucede en los partidos fuertemente arraigados en la clase obrera, que participan de su vida, perciben sus puntos fuertes y sus debilidades, se adecúan a ella, tratan de dirigirla. A esos militantes se les abren tremendas posibilidades de desarrollo que la sociedad capitalista les niega.
Fíjese en nuestro partido. Si un compañero muestra dotes de orador o de escritor, lo alienta a que lo sea. que estudie y se desarrolle. La sociedad enseña a mentir, a ocultar lo que uno piensa, a no ver los puntos fuertes y débiles propios. El partido es un control social que nos permite descubrimos a nosotros mismos y desarrollamos.
Si un compañero demuestra tener grandes condiciones para determinada tarea, se lo impulsa a realizarla. A nadie se obliga a cumplir tareas que no le gusten, salvo que las acepte voluntariamente. Todo esto crea un ambiente de camaradería en la lucha.
¿Qué respondería usted a los que dicen que el militante pierde su individualidad?
Que ocurre todo lo contrario. Se desarrolla la creatividad individual, con un control social que es el partido. La sociedad burguesa también ejerce un control, pero busca el efecto opuesto: si el individuo es un obrero, a la burguesía sólo le interesa que se pase la vida produciendo chapitas, por ejemplo. Para el partido bolchevique el individuo es sagrado, siempre busca la manera de ayudarlo a desarrollarse. Y a que se desarrolle justamente en las actividades más nobles del ser humano: escribir, hablar, organizar, luchar.
No hay trabajo más alienante y embrutecedor que él de la línea de producción o el de las minas. El minero trabaja toda la vida para sacar unas cuantas toneladas de carbón. Pero si ese minero es un militante revolucionario, además de sacar carbón con los demás trata de organizar a sus compañeros para la lucha, saca volantes, hace denuncias, en fin realiza una serie de actividades humanas que lo hacen feliz. Puede quedar muy triste si pierde una lucha, pero en todo caso es alegría o tristeza humana, no los sentimientos animales que produce el trabajo alienado.
Existe una concepción muy difundida, de que la vida personal, íntima, del militante, está sometida a la disciplina del partido. Dicho de otra manera, el militante no puede tomar una decisión personal sin el visto bueno del partido.
Eso es absolutamente falso. El partido no se mete en la vida íntima de nadie. Salvo, claro está, que se ponga en juego su seguridad. Si alguien considera que carnerear una huelga o revelar cuestiones internas de la organización a la policía son asuntos personales, el partido tiene el deber de defenderse. A nadie se le impide que estudie o viaje, el partido soto le exige al militante que milite disciplinadamente y cumpla los compromisos que asume. En ese marco, todos nos alegramos enormemente de que un compañero tenga éxito en sus actividades personales, sean de estudio, deportivas o de cualquier tipo.
Hay un hecho que ha llamado la atención de observadores fraternales que asistan a reuniones del MAS y de sus partidos hermanos en otros países: el ambiente de risas y alegría que reina en nuestras reuniones. Marx ya hablaba de esto en su época, y una de mis críticas a Mandel y Novack es que desconocen esa cita y posición de Marx. Con esto quiero decir que el militante del partido puede y debe ser feliz por la actividad que realiza junto a sus camaradas, y por lo tanto puede desalienarse hasta un cierto grado, el que impone una sociedad monstruosa. Es una relación dinámica y contradictoria: la sociedad que explota y aliena, el partido que desaliena.
Afuera del partido existe una imagen muy distinta. Se dice, por ejemplo, que el partido desalienta a los militantes que quieren tener hijos, porque esto desvía esfuerzos que deberían volcarse a la actividad política.
Lo primero que tengo que decir es que en mi partido todo el mundo tiene hijos, hay muchísimos chicos. Yo mismo tengo hijos. Si se demora la revolución, podemos decir que vamos a tener un partido grande por simple reproducción, si logramos que los chicos sean revolucionarios como sus padres. Bueno, ésa es la primera respuesta.
Ahora, como dije antes, he conocido organizaciones que prohibían a sus militantes tener hijos y controlaban severamente su vida personal. Nuestra concepción es distinta. Desde luego, existen de ‘as normas objetivas, que todos deben cumplir, pero eso es propio de todo agrupamiento humano, uno no puede ser socio de un club deportivo, por ejemplo, si no paga su cuota mensual y observa ciertas normas de conducta. El militante cumple las normas del partido y hace con su vida personal lo que desea.
Pasando a otro aspecto de la vida partidaria, me gustaría que comente algo sobre la moral proletaria, o moral partidaria.
No son lo mismo. La moral proletaria tiene que ver con la actividad sindical: acatar las decisiones de las asambleas, participar en las huelgas, ser solidario con las luchas en otras empresas, ser buen compañero, no ser camero o alcahuete de la patronal. La moral proletaria busca la cohesión de la clase en la lucha y en la vida cotidiana, es decir, que la clase obrera se reconozca a si misma y sea solidaria.
La moral partidaria responde a las necesidades del partido. Es mucho más estricta. Forma parte de la moral obrera, pero tiene exigencias más amplias y específicas.
Veamos un ejemplo reciente: la gran huelga minera inglesa. He leído que hay mucha bronca con los mineros del distrito de Nottingham, que carnerearan el conflicto. Entonces los activistas de la huelga fueron allá a tratar de convencerlos de que no entraran a trabajar, hubo algunos choques y el gobierno aprovechó para reprimir al activismo, diciendo que la huelga era “violenta”. Bueno, esos cameros fallaron ala moral proletaria.
Supongamos que un compañero nuestro participó en esa huelga, pero sin militar activamente en ella. Diremos de él que cumplió con la moral proletaria pero falló la moral partidaria, que exige a los militantes del partido que sean los mejores activistas, los más valientes, los primeros en ir al frente cuando la situación lo requiere.
También se puede hablar de una moral racial, entre las razas oprimidas. En Sudáfrica hay una moral negra muy poderosa y progresiva, que se expresa, por ejemplo, en que en los barrios matan a los negros que colaboran con el Apartheid, como los policías negros. Eso es un golpe muy fuerte para el régimen blanco.
En términos generales, la moral es un cuerpo de normas necesarias para el buen funcionamiento de cualquier agrupamiento humano. En el caso del partido significa acatar las resoluciones que se toman. Significa también ser fraternal con los camaradas, porque el partido es una fraternidad de luchadores, de perseguidos. Fallar a ella también es una falta a la moral partidaria.
¿Diría usted que un dirigente del partido falla a la moral partidaria si busca su enriquecimiento personal?
Eso es relativo. Hay un estudio sociológico que demuestra que muchos de los grandes dirigentes marxistas de este siglo venían de la gran burguesía.
En todos los militantes se da una contradicción muy grande: son parte de la sociedad y a la vez su actividad militante está dirigida a cambiaría. Esto significa que si Einstein entrara a nuestro partido, no dejaría de hacer su vida universitaria ni de comprarse todos los libros que necesite ni viajar a congresos científicos, para lo cual necesitaría ingresos bastantes altos.
Yo opino que un dirigente no puede ser dueño de una empresa capitalista, pero también puede haber excepciones. Una de ellas es célebre, sucedió en los comienzos del movimiento marxista: Erígete era gerente de la fábrica de su padre, pero usaba una buena parte del dinero que ganaba para ayudar a Marx, que era muy pobre, para que pudiera dedicarse a sus tareas y sus estudios sin preocupaciones económicas.
Insisto, son excepciones. La norma es que un dirigente no debe hacerse rico, menos que menos explotando el trabajo obrero, como un capitalista.
¿Y un militante de base?
Para los militantes de base los criterios no son tan rígidos, pero el problema es que todos los militantes, sean dirigentes o de base, sufren contradicciones por vivir en sociedad. Todos sabemos que nuestro peores enemigos son el ejercito y la policía, que viven tratando de destruimos. Ahora, supongamos que a través de nuestra propaganda ganamos a un oficial para nuestras ideas. En determinado momento podemos pedirle que, en vez de solicitar la baja, siga en las fuerzas armadas para ganar a otros oficiales. Ese militante vive una contradicción muy aguda.
Lo mismo puede suceder si ganamos a un cura. En los años 30 hubo un pastor norteamericano, Edwin Muste, que militó con los trotskistas que más adelante formarían el SWP. Era un camarada muy disciplinado, pero no dejaba de ir al templo a oficiar los ritos. O sea que militaba para el opio de los pueblos y al mismo tiempo para el partido que quería liquidar ese opio. Son contradicciones personales que se plantean.
¿Cómo las resuelve el partido?
Ante todo, el partido no es una clínica psiquiátrica, sino una organización política. Esas contradicciones son subproductos de la militancia partidaria, son el aspecto subjetivo, psicológico, de la actividad. El partido no tiene por qué tener una política directa para resolver esa clase de problemas. Sus tareas son políticas.
Para mí, la actividad del partido provoca en general una tendencia hacia el desarrollo de las cualidades personales y la desalienación. Si comparamos mi caso con el de Muste, yo de joven era idealista y la actividad partidaria me fue llevando a conclusiones de tipo materialista. Muste, en cambio, abandonó el partido y volvió a la iglesia, aunque hada el final de su vida fue dirigente del movimiento contra la guerra de Vietnam.
O sea que los casos son individuales, pero el partido proporciona un medio para que el individuo desarrolle sus facultades. Esto, vuelvo a insistir, es un subproducto de la actividad partidaria, que es esencialmente política.
Hay compañeros que viven por cuenta del partido, ¿verdad?
Sí, son compañeros que están siempre a disposición del partido, tienen que viajar, atender políticamente a las distintas zonas, ayudarlas en su desarrollo. Puede ser un compañero de gran experiencia política o sindical, que el partido lo envía a apoyar a una dirección regional cuando se produce un hecho de mucha importancia en la lucha de clases, una gran huelga o un “cordobazo”. La prensa partidaria también necesita compañeros con dedicación exclusiva. Hay otros que no son dirigentes pero que cumplen funciones indispensables: el partido no puede arreglárselas sin abogado, contador, compañeros que cumplen tareas secretariales, en fin, lo que llamamos el aparato del partido.
¿Y de qué viven? Porque es evidente que no pueden estar trabajando ocho horas diarias...
De lo que les paga el partido, que en general equivale a un salario obrero medio. A veces puede ser un poco mayor. En un país donde es muy bajo —por ejemplo, en Nicaragua creo que anda por los doce dólares mensuales—, no le alcanza a un dirigente que tiene que viajar por el país, para atender las distintas zonas del partido. Entonces se le paga un poco más, o se le dan viáticos. Ahora, por principio, tendemos al salario obrero medio para esos compañeros, que nosotros llamamos profesionales.
¿De dónde salen los fondos para eso?
Básicamente de los aportes de los propios militantes. Una de las primeras enseñanzas que aprende ; un compañero que se acerca a nosotros es que éste es un partido obrero que se mantiene gracias a eso. Para nosotros es una cuestión moral y política de primer orden, ese aporte mensual. Es como la cuota sindical, todos los obreros la pagan, sólo que en nuestro caso el monto es voluntario, hay compañeros que tienen más medios que otros y pueden cotizar más.
¿Seria el caso do un parlamentario nuestro? Porque en la Argentina el sueldo de un parlamentario es ocho a nueve veces mayor que el sueldo de un obrero.
Un compañero que es elegido al parlamento pasa a ser un profesional del partido, con una tarea específica. Entonces se le pide que cotice la mayor parte de su dieta, y retenga lo que necesita para vivir.
Esto fue tema de gran discusión en Perú, donde nuestro partido hermano tenía varios parlamentarios. Yo estaba a favor de que conservaran un monto superior al salario obrero medio, e incluso que aprovecharan las facilidades para comprar auto y casa, con créditos especiales que les daba el Estado. Otros compañeros estaban en contra y hubo mucha discusión. Si viene una delegación obrera a plantearte un problema a un parlamentario nuestro, me parece elemental que el compañero los invite con un café, y que pueda hacerlo en la cafetería del parlamento, aunque sea un poco más cara. Y para eso él salario medio no alcanza.
Hay otros problemas a estudiar. Por ejemplo, cómo ayudamos a un compañero que pasa los cuarenta años, una edad a la que es muy difícil conseguir trabajo, y que por su entrega y devoción al partido no ha podido adquirir ningún oficio. O bien, si el partido está muy necesitado de dinero, podríamos pedirle a un compañero de familia burguesa que se ocupe de los negocios familiares para aportar una cuota muy alta. O sea, que haga lo que hizo Engels durante un tiempo.
Ahora, para resolver estos problemas de ubicación social de los compañeros también somos democráticos. La discusión en Perú fue tremenda. Los compañeros parlamentarios estaban de lo más acomplejados, se veían como unos criminales antipartido por recibir un poco más de sueldo por sus tareas específicas. Lo importante es que la discusión se hizo, y todos acataron lo que se resolvió.
¿Y qué se resolvió?
Que los compañeros ganaran un poco más que el salario obrero medio. Mencioné todos estos casos como ejemplos de las distintas contradicciones que sufre el partido.
Es evidente que los vicios de la sociedad de alguna manera entran al partido. Por ejemplo, el machismo. Muchas compañeras opinan que existe la opresión de la mujer dentro del partido. ¿Usted coincide con ellas?
Para mí, sí existe. Evidentemente, un obrero machista no va a dejar de serlo de la mañana a la noche por el solo hecho de entrar al partido. Le voy a contar una anécdota de la revolución portuguesa. Entre los máximos dirigentes del maoísmo portugués había una pareja, excelentes militantes los dos, sobre todo ella, que era directamente brillante. En un congreso maoísta, que se hizo en un teatro, ella estaba hablando y parece que se extendía demasiado. Entonces él gritó desde su butaca, “¡Bueno basta, ya hablaste bastante!”. Y ella se interrumpió, corto su intervención.
Así son las cosas. Tal vez alguien conozca una pildorita antimachismo de efecto inmediato, yo no. Es un proceso que lleva años.
En general, veo un gran avance en el partido. Hay machismo, pero es un partido muy sano y se hacen avances en el sentido de superarlo.
La compañera Nora Ciapponi dijo en una entrevista por la radio que el nuestro es el único partido en cuyo Comité Central hay un treinta y tres por ciento de mujeres.
Y ese porcentaje es aún más alto en las direcciones de los locales. En una época la proporción de mujeres en la dirección superó el cincuenta por ciento. Por eso digo que existe un buen ambiente en el partido, incluso entre los camaradas hombres. Algunos compañeros sufren por esto, pero tienen que aceptarlo.
Ahora, también he visto el fenómeno opuesto. Tal vez las compañeras se horroricen, pero he observado en determinados escalones del partido que las compañeras dominan a sus parejas. No lo digo para criticar: hace ocho mil años que las mujeres vienen sufriendo la opresión, entonces es lógico y hasta progresivo que se invierta la situación. Pero es una realidad.
¿Qué significa, en determinados escalones?
Como problema social es muy complejo. Los sexólogos que he leído opinan que la opresión al homosexual masculino, que siempre fue muy intensa, empieza a aflojar en los últimos años. Así como hace treinta o cuarenta años la sociedad rechazaba a una mujer que tenía varias relaciones de pareja y ahora empieza a aceptaría, parece que sucede lo mismo con los homosexuales. Quedan muchos prejuicios, pero van desapareciendo.
Algunos sexólogos italianos reivindican la homosexualidad femenina: dicen que en la relación heterosexual la mujer es sometida, mientras que en la homosexualidad pasa a ser sujeto de la relación. Hay gran amistad y franqueza, las integrantes de la pareja se comentan libremente qué es lo que les gusta, etcétera.
Yo considero a la homosexualidad algo tan normal que me opongo a hacer propaganda. En este sentido coincido plenamente con Daniel Guerin, el gran historiador marxista francés —y conocido homosexual—, autor de un libro donde reivindica la homosexualidad. Para mí es lo mejor que se ha escrito al respecto. En el prólogo a la edición japonesa de su libro Guerin alerta a los homosexuales contra su tendencia a hacer de su liberación un fin en sí mismo, y que el gran problema que debe plantearse todo militante es la transformación de la sociedad.
Un compañero homosexual, dirigente del partido brasileño, quería hacer una corriente dentro del partido a favor de la homosexualidad. Yo me opuse, justamente porque considero a la homosexualidad tan normal como la heterosexualidad.
Supongamos que se crea una corriente así dentro del partido, con derechos de fracción. Quiere decir que en los locales habría salitas, cada una con su cartel: “Hombres con Mujeres”, “Hombres con Hombres”, ‘Mujeres con Mujeres”, y cada fracción tendría su boletín..
Pero los homosexuales son reprimidos, los heterosexuales no.
Ah, no, eso es completamente distinto. Dentro de la sociedad luchamos a muerte contra la opresión de los homosexuales y todo tipo de opresión: nacional, racial, etcétera. Yo me refería a que me opongo a hacer ese tipo de actividad hacia el interior del partido. Hacia afuera sí combatimos la opresión de los homosexuales, que para mí es una colateral de la opresión de la mujer.
Bueno, vamos a la última pregunta de este libro, Usted, ¿qué balance haría de su vida como militante? Y no se ofenda, todos sabemos que le quedan muchos años todavía.
¿Usted me pide un balance personal?
SI.
Bien, desde que Trotsky escribió su hermoso testamento, es un lugar común para los trotskistas decir, “si volviera a vivir, haría exactamente lo mismo, pero rectificando algunos errores”. Yo reivindico plenamente el haber sido durante toda mi vida un militante profesional, dedicado por entero al partido, y la revolución. Ahora, creo que hemos cometido muchos más errores que Trotsky y los bolcheviques. Cuando digo que el nuestro ha sido un trotskismo bárbaro es porque lo creo de veras, no estoy haciendo demagogia. Nosotros nos formamos solos, sin ayuda de una verdadera internacional. Entonces, al hacer el balance, sin pena y con muy poca gloria, veo una enorme cantidad de errores, algunos de ellos muy graves, incluso ridículos. Tuvimos que pagar el precio de la inexistencia de una internacional, así como de la muerte de Trotsky. Si quiere un ejemplo, en el ‘47 el partido fue a elecciones con el programa de la Comuna de París, que no tenía nada que ver con la situación argentina. Si no hubiéramos cometido infinidad de errores como éste, estoy convencido de que hoy estaríamos mucho mejor de lo que estamos.
Otro error muy grave fue el haber tenido tantos militantes profesionales en el partido. Si pudiera volver atrás, pienso que habría que evitar eso, y que muchos de los compañeros que fueron profesionales rentados por el partido deberían haber ido a trabajar e insertarse en la sociedad. La profesionalización genera tendencias a vivir encerrado, a marginarse de la sociedad.
Pero mi problema más grave es el del equipo de dirección: cómo cuidarlo, hacer todos los sacrificios necesarios para que los dirigentes tengan buenas relaciones entre ellos. Durante un largo período no entendí ese problema. Cuando por fin lo comprendí, gracias a la dirección del Socialist Workers Party y a Joe Hansen [42] en especial, ya era tarde.
Algunos compañeros de la vieja guardia sostienen que la ruptura del viejo equipo de dirección, con Bengochea, Lagar, Fucitto y otros, el mejor que ha tenido el partido en toda su historia, era inevitable debido a la influencia política del castrismo. Ese factor existió, pero yo creo que se agregaron elementos de tipo subjetivo, aportados por mí. Preferí discutir y ejercer la verdad en abstracto, en lugar de poner todo el cuidado posible para mantener ese equipo. Tal vez no sea así, pero yo moriré con esa duda y esa pena.
Ante todo, que no deben confundir al partido leninista con la caricatura que ha hecho el estalinismo de él. Esas corrientes que usted menciona reflejan la repugnancia que provocan los partidos estalinistas: se han tragado el cuento de que el estalinismo es la continuación del leninismo, cuando en realidad es exactamente lo contrarío. Es cierto que conserva algunas similitudes formales, como la estructuración del partido en células, equipos de trabajo permanentes, aunque últimamente los partidos estalinistas están perdiendo esta característica. La definición del militante como persona que realiza actividad partidaria y pertenece a un organismo donde discute la política y la actividad del partido es propia del leninismo.
Quiero decir a la pasada, y saliendo un poco de los marcos estrictos del tema, que esta concepción leninista originó la primera división leninista origino la primera división del marxismo ruso en sus alas bolchevique y menchevique, pero fue superada después de 1905, cuando un congreso unificado del partido aprobó la fórmula de Lenin. De ahí en adelante persistió la división entre las dos alas, pero referida a sus diferencias en la interpretación de la Revolución Rusa, que se volvieron cada vez más irreconciliables. Esa fue, entonces, la causa de fondo que separó a las dos tendencias del marxismo ruso.
Volviendo a la pregunta, hay que remarcar que la disciplina militar hace parte de la caricatura estalinista, que concibe al partido como un organismo en el cual la cúpula decide la política y la actividad, mientras la base se limita a acatar sin discusión. Es evidente que a ningún obrero o intelectual que simpatice con las posiciones revolucionarias le gusta la idea de pertenecer a un partido en el cual la obligación numero uno es obedecer.
En el partido de Lenin siempre reinó una amplia democracia, sobre todo en los organismos de base. Los obreros se sentían a gusto en él, y en plena libertad para discutir y criticar. A nadie se le pasaba por la cabeza que un militante pudiera ser reprimido u obligado a autocriticarse por sus posiciones políticas. Había discusiones, a veces muy fuertes, pero fraternales, sin represión.
¿Nunca hubo expulsiones del partido?
Hubo sectores y corrientes que sustentaron posiciones profundamente antagónicas con las de la dirección del partido. Algunos se separaron de él —que no es lo mismo que ser expulsado por discrepar—, pero la mayoría de esos sectores permanecieron en el partido, y sus voceros conservaron sus puestos de dirección. Por eso digo que la libertad era casi absoluta.
En el Partido Bolchevique se combinaba la disciplina, es decir, que todo el partido participaba activamente en la lucha de clases con la misma política, con una auténtica democracia Interna. La historia lo demuestra: ninguna de las grandes resoluciones se tomó por unanimidad, y me refiero a decisiones tan importantes como la toma del poder.
Algunas discusiones se realizaron en el periódico del partido: por ejemplo, la discusión acerca de la economía soviética, en la que participaron Bujarin. Preobrajenski y otros grandes teóricos y dirigentes. Esto sucedió en los años veinte, antes de que Stalin controlara totalmente el partido.
Es interesante el ejemplo de Zinoviev y Kamenev en la Revolución de Octubre...
Efectivamente, ambos se opusieron a la toma del poder en 1917. En eso estaban en su derecho. El problema fue que, cuando el Comité Central del partido votó Ja insurrección, ellos revelaron esa votación al público en forma indirecta, a través de ciertas declaraciones a los diarios burgueses. Con eso no sólo violaban la norma elemental de que lo que se vote se acate sino que además ponían en peligro nada menos que el triunfo de la revolución. Por eso Lenin los llamó traidores y rompehuelgas y exigió su expulsión. Cualquier trabajador comprende lo correcto de esta actitud. Si una asamblea de fábrica vota por mayoría salir a la huelga, el que no acata es un camero.
De todas maneras, posteriormente Kamenev demostró una gran lealtad hacia el partido, se puso a las órdenes del Comité Central y participó activamente en la insurrección. No así Zinoviev. que permaneció al margen.
Después Lenin los convocó para asumir algunas de las tareas más importantes de la revolución. Zinoviev fue el presidente de la Tercera Internacional durante los primeros altos y ambos fueron miembros de Buró Político, la máxima dirección del partido en el poder.
Así era el Partido Bolchevique: todo se discutía, incluso públicamente, en las páginas del Pravda.
¿Cómo definirla al partido en tanto grupo humano?
Hace años, cuando me dedique a estudiar sociología, leí un libro de Georges Gurvitch, que era gran admirador de Nataniel Moreno, el inventor del psicodrama como método de psicoterapia.
Apoyándose en Moreno y en otros psicólogos y sociólogos, Gurvitch dice que existen tres tipos de grupos humanos. Es una clasificación puramente socológica: cómo se organiza el hombre desde que existe sobre la tierra. Algunos grupos son sectarios, cerrados, con direcciones despóticas. Otros son casi amoríos. Hay un tercer tipo de grupo que reúne las mejores cualidades de ambos: es muy democrático y a la vez dinámico, homogéneo. En su descripción de la morfología, llamémoslo así, de los grupos, Gurvitch dice que hay un sector líder, también un sujeto al que se Ie echa la culpa de todo, cosas que he podido comprobar en la realidad.
Desde que leí a Gurvitch considero que el Partido Bolchevique corresponde perfectamente al tercer tipo: un grupo sólido, fuerte, dinámico, muy unido y fraternal, además de democrático.
Algunos nos ven desde afuera como un bloque monolítico...
Sí, o como hombres mecánicos. Me han comentado que en una facultad, cuando llegan nuestros compañeros los militantes de otras tendencias hacen gestos como imitando a unos robots. Eso no me asusta. Es sólo una caricatura de una virtud nuestra, que es pegar como un solo hombre alrededor de las consignas votadas. Quieren dar a entender que entre nosotros, dentro del partido, no existen relaciones fraternales y de gran discusión.
La fraternidad, la confianza, es otro elemento fundamental. Es la argamasa que une al partido. Esa confianza entre revolucionarios no puede existir sin democracia; lo que nos une a todos es que cada uno siento que los demás son sus camaradas de lucha.
¿Por qué es tan importante el funcionamiento disciplinado, en bloque?
Eso ya ha sido demostrado por la historia. La disciplina, la centralización, los militantes que se brindan por entero al partido, son características que se pueden aceptar o rechazar, amar u odiar, paro no ha habido una sola revolución que no haya sido dirigida por un organismo de este tipo. Un organismo laxo, no disciplinado, no jacobino, no puede tomar el poder. En este sentido podemos decir que el partido es democrático en la discusión y funciona como un ejército en la acción.
Cuestionar el centralismo es cuestionar la eficiencia misma. Si un anarquista me dice que rechaza cualquier forma de centralización, yo respondo que respeto su opinión, pero que la discusión se da en dos niveles: uno, qué es lo que se quiere; el otro, si la historia ha fallado a favor del centralismo o la anarquía en cuanto a eficiencia. Ninguna revolución de este siglo ha triunfado sin un alto grado de disciplina y centralismo. Es lógico, porque se trata de enfrentar al Estado con su ejército, su policía, todo su aparato.
¿Esta disciplina existe también en los partidos burgueses?
No, salvo en los partidos bonapartistas, los movimientos nacionalistas de derecha y los grupos fascistas que quieren hacer una contrarrevolución. Los partidos tradicionales del régimen burgués no tienen esta característica. Tampoco la necesitan, ya que tienen a todas las instituciones del aparato estatal trabajando a su favor. No luchan por conquistar el poder, no les interesa cambiar el régimen democrático burgués sino defenderlo. Este funcionamiento, que permite la existencia de distintas alas y tendencias permanentes dentro del partido, atrae a la clase media e incluso a ciertos sectores del movimiento obrero que se ven reflejados en ellas. Claro que ninguno de estos partidos ha hecho una revolución, ni tampoco quieren una contrarrevolución al estilo nazifascista. Yo creo que los partidos Demócrata y Republicano de Estados Unidos, o el Conservador e incluso el Laborista de Inglaterra, quieran dirigir una contrarrevolución fascista, y no hablemos de una revolución obrara. La insurrección obrera y la lucha armada, o un putsch contrarrevolucionario, soto pueden triunfar si las dirige un organismo centralizado con una disciplina de hierro.
¿La disciplina partidaria no produce alineación?
He polemizado sobre este tema con Mandel y Novack. [41] Tengo una deuda con los compañeros, de exponer mis posiciones por escrito. Opino que en este mundo alienado el partido cumple un rol desalienante. Es decir, al militante se le crea una contradicción, porque la sociedad aliena y él vive en esa sociedad. El partido te da todas las posibilidades para combatir la alienación.
Me da la impresión que muchos artistas y científicos han logrado individualmente una vida feliz. Porque en última instancia la alienación se reduce a eso: es la ciencia de la felicidad o infelicidad del hombre provocada por un régimen social. Creo que algunos sectores privilegiados, muy poco numerosos, han logrado realizarse, vivir felices. Si la primera condición de la desalienación es llevar una vida plena, en la que a uno le gusta lo que hace, creo que no sólo la brinda el partido sino también, en algunos casos, la ciencia y el arte.
El régimen capitalista, monopolista, cierra esta posibilidad. Supongamos, por ejemplo, un muchacho al que le apasiona el cine y quiere hacer una película: es casi imposible, de cada mil o dos mil candidatos a directores de cine queda uno soto.
El sistema capitalista conspira contra el desarrollo de las cualidades del individuo, sean naturales o adquiridas. O las emplea cuando sirven a sus ganancias. El ejemplo del cine es válido también. para cualquier rama del arte, la ciencia...
¿Y el deporte?
También el deporte. Ahí tiene al gran golfista argentino Roberto de Vicenzo, que viene de una familia humilde. El golf es un deporte de ricos, pero él tuvo la suerte de trabajar de caddy en un club de golf, y ahí lo descubrieron. ¿Cuántos miles de chicos hay que les apasiona este deporte, u otro, y no tienen tanta suerte como de Vicenzo?
Un caso distinto es el de Gabriela Sabattini, la tenista. A los catorce años la arrancaron de la escuela, la familia, los amigos, para hacerla recorrer el circuito profesional. Entre el entrenamiento, los viajes y los partidos no tiene tiempo para otra cosa. Y así los empresarios del deporte ganan millones de dólares. Ella también gana mucha plata, pero se convierte en un monstruo que no sabe otra cosa en la vida que jugar al tenis. Por más éxitos que tenga en su carrera, se encamina a una crisis personal.
Bueno, volvamos al partido...
Si, yo veo al partido revolucionario, con su democracia interna, su programa revolucionario de movilización permanente, como el soporte más sólido para combatir la alienación o, dicho de otra manera, la forma más segura de lograr cierto grado de felicidad y de realización personal.
Claro que he conocido grupos de izquierda, incluso trotskistas, que eran alienantes. Reflejaban de alguna manera la alienación de la sociedad capitalista. Por ejemplo, les prohibían a las compañeras tener hijos o, por el contrario, les ordenaban tenerlos. A veces les imponían normas de vida muy estrictas.
Esto no sucede en los partidos fuertemente arraigados en la clase obrera, que participan de su vida, perciben sus puntos fuertes y sus debilidades, se adecúan a ella, tratan de dirigirla. A esos militantes se les abren tremendas posibilidades de desarrollo que la sociedad capitalista les niega.
Fíjese en nuestro partido. Si un compañero muestra dotes de orador o de escritor, lo alienta a que lo sea. que estudie y se desarrolle. La sociedad enseña a mentir, a ocultar lo que uno piensa, a no ver los puntos fuertes y débiles propios. El partido es un control social que nos permite descubrimos a nosotros mismos y desarrollamos.
Si un compañero demuestra tener grandes condiciones para determinada tarea, se lo impulsa a realizarla. A nadie se obliga a cumplir tareas que no le gusten, salvo que las acepte voluntariamente. Todo esto crea un ambiente de camaradería en la lucha.
¿Qué respondería usted a los que dicen que el militante pierde su individualidad?
Que ocurre todo lo contrario. Se desarrolla la creatividad individual, con un control social que es el partido. La sociedad burguesa también ejerce un control, pero busca el efecto opuesto: si el individuo es un obrero, a la burguesía sólo le interesa que se pase la vida produciendo chapitas, por ejemplo. Para el partido bolchevique el individuo es sagrado, siempre busca la manera de ayudarlo a desarrollarse. Y a que se desarrolle justamente en las actividades más nobles del ser humano: escribir, hablar, organizar, luchar.
No hay trabajo más alienante y embrutecedor que él de la línea de producción o el de las minas. El minero trabaja toda la vida para sacar unas cuantas toneladas de carbón. Pero si ese minero es un militante revolucionario, además de sacar carbón con los demás trata de organizar a sus compañeros para la lucha, saca volantes, hace denuncias, en fin realiza una serie de actividades humanas que lo hacen feliz. Puede quedar muy triste si pierde una lucha, pero en todo caso es alegría o tristeza humana, no los sentimientos animales que produce el trabajo alienado.
Existe una concepción muy difundida, de que la vida personal, íntima, del militante, está sometida a la disciplina del partido. Dicho de otra manera, el militante no puede tomar una decisión personal sin el visto bueno del partido.
Eso es absolutamente falso. El partido no se mete en la vida íntima de nadie. Salvo, claro está, que se ponga en juego su seguridad. Si alguien considera que carnerear una huelga o revelar cuestiones internas de la organización a la policía son asuntos personales, el partido tiene el deber de defenderse. A nadie se le impide que estudie o viaje, el partido soto le exige al militante que milite disciplinadamente y cumpla los compromisos que asume. En ese marco, todos nos alegramos enormemente de que un compañero tenga éxito en sus actividades personales, sean de estudio, deportivas o de cualquier tipo.
Hay un hecho que ha llamado la atención de observadores fraternales que asistan a reuniones del MAS y de sus partidos hermanos en otros países: el ambiente de risas y alegría que reina en nuestras reuniones. Marx ya hablaba de esto en su época, y una de mis críticas a Mandel y Novack es que desconocen esa cita y posición de Marx. Con esto quiero decir que el militante del partido puede y debe ser feliz por la actividad que realiza junto a sus camaradas, y por lo tanto puede desalienarse hasta un cierto grado, el que impone una sociedad monstruosa. Es una relación dinámica y contradictoria: la sociedad que explota y aliena, el partido que desaliena.
Afuera del partido existe una imagen muy distinta. Se dice, por ejemplo, que el partido desalienta a los militantes que quieren tener hijos, porque esto desvía esfuerzos que deberían volcarse a la actividad política.
Lo primero que tengo que decir es que en mi partido todo el mundo tiene hijos, hay muchísimos chicos. Yo mismo tengo hijos. Si se demora la revolución, podemos decir que vamos a tener un partido grande por simple reproducción, si logramos que los chicos sean revolucionarios como sus padres. Bueno, ésa es la primera respuesta.
Ahora, como dije antes, he conocido organizaciones que prohibían a sus militantes tener hijos y controlaban severamente su vida personal. Nuestra concepción es distinta. Desde luego, existen de ‘as normas objetivas, que todos deben cumplir, pero eso es propio de todo agrupamiento humano, uno no puede ser socio de un club deportivo, por ejemplo, si no paga su cuota mensual y observa ciertas normas de conducta. El militante cumple las normas del partido y hace con su vida personal lo que desea.
Pasando a otro aspecto de la vida partidaria, me gustaría que comente algo sobre la moral proletaria, o moral partidaria.
No son lo mismo. La moral proletaria tiene que ver con la actividad sindical: acatar las decisiones de las asambleas, participar en las huelgas, ser solidario con las luchas en otras empresas, ser buen compañero, no ser camero o alcahuete de la patronal. La moral proletaria busca la cohesión de la clase en la lucha y en la vida cotidiana, es decir, que la clase obrera se reconozca a si misma y sea solidaria.
La moral partidaria responde a las necesidades del partido. Es mucho más estricta. Forma parte de la moral obrera, pero tiene exigencias más amplias y específicas.
Veamos un ejemplo reciente: la gran huelga minera inglesa. He leído que hay mucha bronca con los mineros del distrito de Nottingham, que carnerearan el conflicto. Entonces los activistas de la huelga fueron allá a tratar de convencerlos de que no entraran a trabajar, hubo algunos choques y el gobierno aprovechó para reprimir al activismo, diciendo que la huelga era “violenta”. Bueno, esos cameros fallaron ala moral proletaria.
Supongamos que un compañero nuestro participó en esa huelga, pero sin militar activamente en ella. Diremos de él que cumplió con la moral proletaria pero falló la moral partidaria, que exige a los militantes del partido que sean los mejores activistas, los más valientes, los primeros en ir al frente cuando la situación lo requiere.
También se puede hablar de una moral racial, entre las razas oprimidas. En Sudáfrica hay una moral negra muy poderosa y progresiva, que se expresa, por ejemplo, en que en los barrios matan a los negros que colaboran con el Apartheid, como los policías negros. Eso es un golpe muy fuerte para el régimen blanco.
En términos generales, la moral es un cuerpo de normas necesarias para el buen funcionamiento de cualquier agrupamiento humano. En el caso del partido significa acatar las resoluciones que se toman. Significa también ser fraternal con los camaradas, porque el partido es una fraternidad de luchadores, de perseguidos. Fallar a ella también es una falta a la moral partidaria.
¿Diría usted que un dirigente del partido falla a la moral partidaria si busca su enriquecimiento personal?
Eso es relativo. Hay un estudio sociológico que demuestra que muchos de los grandes dirigentes marxistas de este siglo venían de la gran burguesía.
En todos los militantes se da una contradicción muy grande: son parte de la sociedad y a la vez su actividad militante está dirigida a cambiaría. Esto significa que si Einstein entrara a nuestro partido, no dejaría de hacer su vida universitaria ni de comprarse todos los libros que necesite ni viajar a congresos científicos, para lo cual necesitaría ingresos bastantes altos.
Yo opino que un dirigente no puede ser dueño de una empresa capitalista, pero también puede haber excepciones. Una de ellas es célebre, sucedió en los comienzos del movimiento marxista: Erígete era gerente de la fábrica de su padre, pero usaba una buena parte del dinero que ganaba para ayudar a Marx, que era muy pobre, para que pudiera dedicarse a sus tareas y sus estudios sin preocupaciones económicas.
Insisto, son excepciones. La norma es que un dirigente no debe hacerse rico, menos que menos explotando el trabajo obrero, como un capitalista.
¿Y un militante de base?
Para los militantes de base los criterios no son tan rígidos, pero el problema es que todos los militantes, sean dirigentes o de base, sufren contradicciones por vivir en sociedad. Todos sabemos que nuestro peores enemigos son el ejercito y la policía, que viven tratando de destruimos. Ahora, supongamos que a través de nuestra propaganda ganamos a un oficial para nuestras ideas. En determinado momento podemos pedirle que, en vez de solicitar la baja, siga en las fuerzas armadas para ganar a otros oficiales. Ese militante vive una contradicción muy aguda.
Lo mismo puede suceder si ganamos a un cura. En los años 30 hubo un pastor norteamericano, Edwin Muste, que militó con los trotskistas que más adelante formarían el SWP. Era un camarada muy disciplinado, pero no dejaba de ir al templo a oficiar los ritos. O sea que militaba para el opio de los pueblos y al mismo tiempo para el partido que quería liquidar ese opio. Son contradicciones personales que se plantean.
¿Cómo las resuelve el partido?
Ante todo, el partido no es una clínica psiquiátrica, sino una organización política. Esas contradicciones son subproductos de la militancia partidaria, son el aspecto subjetivo, psicológico, de la actividad. El partido no tiene por qué tener una política directa para resolver esa clase de problemas. Sus tareas son políticas.
Para mí, la actividad del partido provoca en general una tendencia hacia el desarrollo de las cualidades personales y la desalienación. Si comparamos mi caso con el de Muste, yo de joven era idealista y la actividad partidaria me fue llevando a conclusiones de tipo materialista. Muste, en cambio, abandonó el partido y volvió a la iglesia, aunque hada el final de su vida fue dirigente del movimiento contra la guerra de Vietnam.
O sea que los casos son individuales, pero el partido proporciona un medio para que el individuo desarrolle sus facultades. Esto, vuelvo a insistir, es un subproducto de la actividad partidaria, que es esencialmente política.
Hay compañeros que viven por cuenta del partido, ¿verdad?
Sí, son compañeros que están siempre a disposición del partido, tienen que viajar, atender políticamente a las distintas zonas, ayudarlas en su desarrollo. Puede ser un compañero de gran experiencia política o sindical, que el partido lo envía a apoyar a una dirección regional cuando se produce un hecho de mucha importancia en la lucha de clases, una gran huelga o un “cordobazo”. La prensa partidaria también necesita compañeros con dedicación exclusiva. Hay otros que no son dirigentes pero que cumplen funciones indispensables: el partido no puede arreglárselas sin abogado, contador, compañeros que cumplen tareas secretariales, en fin, lo que llamamos el aparato del partido.
¿Y de qué viven? Porque es evidente que no pueden estar trabajando ocho horas diarias...
De lo que les paga el partido, que en general equivale a un salario obrero medio. A veces puede ser un poco mayor. En un país donde es muy bajo —por ejemplo, en Nicaragua creo que anda por los doce dólares mensuales—, no le alcanza a un dirigente que tiene que viajar por el país, para atender las distintas zonas del partido. Entonces se le paga un poco más, o se le dan viáticos. Ahora, por principio, tendemos al salario obrero medio para esos compañeros, que nosotros llamamos profesionales.
¿De dónde salen los fondos para eso?
Básicamente de los aportes de los propios militantes. Una de las primeras enseñanzas que aprende ; un compañero que se acerca a nosotros es que éste es un partido obrero que se mantiene gracias a eso. Para nosotros es una cuestión moral y política de primer orden, ese aporte mensual. Es como la cuota sindical, todos los obreros la pagan, sólo que en nuestro caso el monto es voluntario, hay compañeros que tienen más medios que otros y pueden cotizar más.
¿Seria el caso do un parlamentario nuestro? Porque en la Argentina el sueldo de un parlamentario es ocho a nueve veces mayor que el sueldo de un obrero.
Un compañero que es elegido al parlamento pasa a ser un profesional del partido, con una tarea específica. Entonces se le pide que cotice la mayor parte de su dieta, y retenga lo que necesita para vivir.
Esto fue tema de gran discusión en Perú, donde nuestro partido hermano tenía varios parlamentarios. Yo estaba a favor de que conservaran un monto superior al salario obrero medio, e incluso que aprovecharan las facilidades para comprar auto y casa, con créditos especiales que les daba el Estado. Otros compañeros estaban en contra y hubo mucha discusión. Si viene una delegación obrera a plantearte un problema a un parlamentario nuestro, me parece elemental que el compañero los invite con un café, y que pueda hacerlo en la cafetería del parlamento, aunque sea un poco más cara. Y para eso él salario medio no alcanza.
Hay otros problemas a estudiar. Por ejemplo, cómo ayudamos a un compañero que pasa los cuarenta años, una edad a la que es muy difícil conseguir trabajo, y que por su entrega y devoción al partido no ha podido adquirir ningún oficio. O bien, si el partido está muy necesitado de dinero, podríamos pedirle a un compañero de familia burguesa que se ocupe de los negocios familiares para aportar una cuota muy alta. O sea, que haga lo que hizo Engels durante un tiempo.
Ahora, para resolver estos problemas de ubicación social de los compañeros también somos democráticos. La discusión en Perú fue tremenda. Los compañeros parlamentarios estaban de lo más acomplejados, se veían como unos criminales antipartido por recibir un poco más de sueldo por sus tareas específicas. Lo importante es que la discusión se hizo, y todos acataron lo que se resolvió.
¿Y qué se resolvió?
Que los compañeros ganaran un poco más que el salario obrero medio. Mencioné todos estos casos como ejemplos de las distintas contradicciones que sufre el partido.
Es evidente que los vicios de la sociedad de alguna manera entran al partido. Por ejemplo, el machismo. Muchas compañeras opinan que existe la opresión de la mujer dentro del partido. ¿Usted coincide con ellas?
Para mí, sí existe. Evidentemente, un obrero machista no va a dejar de serlo de la mañana a la noche por el solo hecho de entrar al partido. Le voy a contar una anécdota de la revolución portuguesa. Entre los máximos dirigentes del maoísmo portugués había una pareja, excelentes militantes los dos, sobre todo ella, que era directamente brillante. En un congreso maoísta, que se hizo en un teatro, ella estaba hablando y parece que se extendía demasiado. Entonces él gritó desde su butaca, “¡Bueno basta, ya hablaste bastante!”. Y ella se interrumpió, corto su intervención.
Así son las cosas. Tal vez alguien conozca una pildorita antimachismo de efecto inmediato, yo no. Es un proceso que lleva años.
En general, veo un gran avance en el partido. Hay machismo, pero es un partido muy sano y se hacen avances en el sentido de superarlo.
La compañera Nora Ciapponi dijo en una entrevista por la radio que el nuestro es el único partido en cuyo Comité Central hay un treinta y tres por ciento de mujeres.
Y ese porcentaje es aún más alto en las direcciones de los locales. En una época la proporción de mujeres en la dirección superó el cincuenta por ciento. Por eso digo que existe un buen ambiente en el partido, incluso entre los camaradas hombres. Algunos compañeros sufren por esto, pero tienen que aceptarlo.
Ahora, también he visto el fenómeno opuesto. Tal vez las compañeras se horroricen, pero he observado en determinados escalones del partido que las compañeras dominan a sus parejas. No lo digo para criticar: hace ocho mil años que las mujeres vienen sufriendo la opresión, entonces es lógico y hasta progresivo que se invierta la situación. Pero es una realidad.
¿Qué significa, en determinados escalones?
Como problema social es muy complejo. Los sexólogos que he leído opinan que la opresión al homosexual masculino, que siempre fue muy intensa, empieza a aflojar en los últimos años. Así como hace treinta o cuarenta años la sociedad rechazaba a una mujer que tenía varias relaciones de pareja y ahora empieza a aceptaría, parece que sucede lo mismo con los homosexuales. Quedan muchos prejuicios, pero van desapareciendo.
Algunos sexólogos italianos reivindican la homosexualidad femenina: dicen que en la relación heterosexual la mujer es sometida, mientras que en la homosexualidad pasa a ser sujeto de la relación. Hay gran amistad y franqueza, las integrantes de la pareja se comentan libremente qué es lo que les gusta, etcétera.
Yo considero a la homosexualidad algo tan normal que me opongo a hacer propaganda. En este sentido coincido plenamente con Daniel Guerin, el gran historiador marxista francés —y conocido homosexual—, autor de un libro donde reivindica la homosexualidad. Para mí es lo mejor que se ha escrito al respecto. En el prólogo a la edición japonesa de su libro Guerin alerta a los homosexuales contra su tendencia a hacer de su liberación un fin en sí mismo, y que el gran problema que debe plantearse todo militante es la transformación de la sociedad.
Un compañero homosexual, dirigente del partido brasileño, quería hacer una corriente dentro del partido a favor de la homosexualidad. Yo me opuse, justamente porque considero a la homosexualidad tan normal como la heterosexualidad.
Supongamos que se crea una corriente así dentro del partido, con derechos de fracción. Quiere decir que en los locales habría salitas, cada una con su cartel: “Hombres con Mujeres”, “Hombres con Hombres”, ‘Mujeres con Mujeres”, y cada fracción tendría su boletín..
Pero los homosexuales son reprimidos, los heterosexuales no.
Ah, no, eso es completamente distinto. Dentro de la sociedad luchamos a muerte contra la opresión de los homosexuales y todo tipo de opresión: nacional, racial, etcétera. Yo me refería a que me opongo a hacer ese tipo de actividad hacia el interior del partido. Hacia afuera sí combatimos la opresión de los homosexuales, que para mí es una colateral de la opresión de la mujer.
Bueno, vamos a la última pregunta de este libro, Usted, ¿qué balance haría de su vida como militante? Y no se ofenda, todos sabemos que le quedan muchos años todavía.
¿Usted me pide un balance personal?
SI.
Bien, desde que Trotsky escribió su hermoso testamento, es un lugar común para los trotskistas decir, “si volviera a vivir, haría exactamente lo mismo, pero rectificando algunos errores”. Yo reivindico plenamente el haber sido durante toda mi vida un militante profesional, dedicado por entero al partido, y la revolución. Ahora, creo que hemos cometido muchos más errores que Trotsky y los bolcheviques. Cuando digo que el nuestro ha sido un trotskismo bárbaro es porque lo creo de veras, no estoy haciendo demagogia. Nosotros nos formamos solos, sin ayuda de una verdadera internacional. Entonces, al hacer el balance, sin pena y con muy poca gloria, veo una enorme cantidad de errores, algunos de ellos muy graves, incluso ridículos. Tuvimos que pagar el precio de la inexistencia de una internacional, así como de la muerte de Trotsky. Si quiere un ejemplo, en el ‘47 el partido fue a elecciones con el programa de la Comuna de París, que no tenía nada que ver con la situación argentina. Si no hubiéramos cometido infinidad de errores como éste, estoy convencido de que hoy estaríamos mucho mejor de lo que estamos.
Otro error muy grave fue el haber tenido tantos militantes profesionales en el partido. Si pudiera volver atrás, pienso que habría que evitar eso, y que muchos de los compañeros que fueron profesionales rentados por el partido deberían haber ido a trabajar e insertarse en la sociedad. La profesionalización genera tendencias a vivir encerrado, a marginarse de la sociedad.
Pero mi problema más grave es el del equipo de dirección: cómo cuidarlo, hacer todos los sacrificios necesarios para que los dirigentes tengan buenas relaciones entre ellos. Durante un largo período no entendí ese problema. Cuando por fin lo comprendí, gracias a la dirección del Socialist Workers Party y a Joe Hansen [42] en especial, ya era tarde.
Algunos compañeros de la vieja guardia sostienen que la ruptura del viejo equipo de dirección, con Bengochea, Lagar, Fucitto y otros, el mejor que ha tenido el partido en toda su historia, era inevitable debido a la influencia política del castrismo. Ese factor existió, pero yo creo que se agregaron elementos de tipo subjetivo, aportados por mí. Preferí discutir y ejercer la verdad en abstracto, en lugar de poner todo el cuidado posible para mantener ese equipo. Tal vez no sea así, pero yo moriré con esa duda y esa pena.
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