El 2008 significó un punto de inflexión en el proyecto que desde arriba habían pergeñado para intentar torcer el rumbo de los cambios abiertos con el Argentinazo del 2001. Aunque muchos pensaron que el modelo kirchnerista lograría sus objetivos, Néstor K. llegó con lo justo a traspasarle el sillón presidencial a su señora. Pero al matrimonio se le vino la noche. La paliza chacarera y la bronca popular le asestaron un golpe decisivo. Y la crisis que vino de afuera agravó sobremanera lo que ya era evidente: el fracaso del modelo político y económico que construyeron durante cinco años. Junto a la pelea para que la crisis no la paguemos los de abajo, se abrió un gran debate nacional; se coloca a la orden del día la necesidad de vertebrar otro modelo de país y la oportunidad de construir una nueva alternativa política para impulsarlo.El Argentinazo del 2001 no sólo derribó el modelo neoliberal de los ´90 y cinco gobiernos en días. Produjo un cambio histórico que abrió una nueva etapa. Derrumbó el viejo régimen bipartidista que dominó la Argentina durante cinco décadas, desarticulando a la UCR y produciendo una profunda crisis en el PJ. Y una desconfianza masiva en las instituciones. El pueblo demandó cambios de fondo y todo lo viejo pasó a estar cuestionado. El país se puso a tono con los vientos revolucionarios continentales, pero, pese a haber mejores condiciones, no surgió una alternativa de izquierda revolucionaria con incidencia objetiva en el movimiento de masas ni tampoco fenómenos políticos como los que se vertebraron en Bolivia, Ecuador o Venezuela. Kirchner, un ignoto político al que fueron a buscar a la Patagonia para que venga a calmar los ánimos y a recomponer tamaña crisis, fabricó una gran ilusión colectiva. Apelando a un doble discurso, se presentó como antiimperialista y falso embajador de los cambios latinoamericanos. Mostró un rostro de “nueva política”, recompuso la confianza en la figura presidencial y cedió parcialmente a reclamos sociales. Tuvo una base estructural para poder hacerlo: una coyuntura económica internacional favorable y una reactivación en las finanzas domésticas. En sus raíces, los postulados neoliberales no cambiaron, pero logró despertar expectativas y vendió su doble discurso, al tener márgenes para postergar medidas antipopulares, subsidiar servicios y comprar voluntades de gobernadores e intendentes con parte de la “caja del superávit” y meter bajo la alfombra problemas estructurales que se fueron acumulando. Pese a encandilar a parte del “progresismo” y sectores provenientes de la izquierda, siempre fue un gobierno estructuralmente débil. Y, en la medida que el movimiento obrero salió a pelear, destacó nuevos dirigentes combativos y democráticos y se fueron recuperando conquistas, la situación económica empezó a deteriorarse y sus experimentos políticos de formar un movimiento “transversal” con los restos de los viejos partidos fracasaron; se empezó a notar el lado oscuro del doble discurso. Desde abajo se multiplicaron los reclamos. Desde arriba y desde afuera, frente a los nubarrones que anunciaban la tormenta, una creciente demanda ante la precariedad de un modelo que tenía pies de barro. Y comenzó un desgaste que obligó al recambio por su señora, la actual presidenta Cristina Fernández.
La agenda que no pudo serEl imperialismo y el establishment local exigieron reglas claras y un país “normal”, una nueva agenda para el nuevo gobierno. Exigieron calmar los reclamos, desalojar a los dirigentes obreros revoltosos, aumentar las tarifas, contener las alzas salariales que “producían inflación”, sincerar los indicadores mentirosos del INDEC con los que Kirchner fue ocultando la verdadera cara del país. Cristina Kirchner vino a intentar esa “normalización” con una agenda de cinco puntos: optimizar las relaciones políticas con el imperialismo y pagar la deuda externa restante, refundar un “nuevo” PJ para sostener al gobierno, recomponer la CGT burocrática y lograr un Pacto Social con empresarios para contener los salarios y “controlar” la inflación, llevar esa “alianza” para actuar sobre los conflictos, descabezando y/o judicializando a las nuevas conducciones sindicales combativas y seguir sacando plata de los bolsillos de los sectores obreros, medios y populares para alimentar la caja fiscal y las reservas, y así encarar preventivamente el negro panorama derivado del estallido de la burbuja inmobiliaria de EE.UU., a la par de seguir comprando voluntades para sus planes políticos. La rebelión chacarera pateó el tablero. Mostró crudamente el lado oscuro del doble discurso de los K., minando su credibilidad y poder político. La llegada de la crisis mundial encontró al gobierno y al régimen con la guardia baja y le adicionó un condimento cualitativo a su debacle.
Crónica de un fracaso político acelerado
Cristina no había generado grandes expectativas. Ni cheque en blanco, ni mucho menos luna de miel. Ni siquiera el periodismo pudo ensayar el clásico balance de los 100 días de gestión, porque luego de varios cimbronazos políticos, se le vino la noche con el conflicto agrario. Fue una respuesta contundente al primer intento serio de empezar a aplicar la agenda, metiéndole la mano en el bolsillo a los chacareros. Apenas sancionada la Resolución 125, los chacareros plasmaron la rebelión agraria más potente en décadas. Los pequeños productores autoconvocados fueron contra un modelo que cada vez les dejaba menos, en beneficio de una nueva oligarquía: los grandes pooles de siembra y multinacionales agroexpor-tadoras, amigos políticos del gobierno. Centenares de cortes, pueblos enteros movilizados y la simpatía de la gran mayoría del pueblo que, al ritmo de esta pelea, sacó a relucir la bronca acumulada por la inflación, el autoritarismo y las mentiras de la Rosada. El gobierno fracasó en la campaña que montó para disputar al pueblo y aislar a los chacareros y en todas las políticas que se dio para torcerles el brazo: no logró contrarrestar el mal humor social y menos derrotar la decisión de los chacareros. La mayoría del pueblo simpatizó con esta pelea y se colocó en la vereda de enfrente de los Kirchner. Los masivos actos populares contrastaron con las raquíticas movilizaciones de aparato del gobierno, demostraron una relación de fuerzas incuestionable y de qué lado estaba la causa justa. Sólo una franja del activo político y social se confundió y se creyó las mentiras del matrimonio gobernante. Lo que sigue es historia conocida. El gobierno se vio obligado a enviar la Resolución al Parlamento. Pero comprobó que la crisis abierta le había minado la mayoría absoluta. Finalmente, la movilización, que también condicionó al Congreso, hizo caer la “125”. En el camino, se derrumbó el capital político de cinco años de kirchnerismo. Quedando con menos del 20% de imagen positiva y 75% de rechazo. La cifras más baja que jamás haya cosechado un gobierno a pocos meses de asumir. Y que, aunque ocultan las encuestas, todos los politólogos coinciden en que no hubo recuperación. En la Capital no llega al 6%, hay guarismos que los ubican en el 15% en las zonas donde habían ganado en octubre del 2007.La presidenta, en los picos del conflicto e inmediatamente después, estuvo tres veces al borde de la renuncia. Y no logró recuperarse de esta derrota, quedando con una extrema debilidad. Con divisiones y cuestionamientos en el frente empresarial que lo venía sosteniendo. Con la renuncia del Jefe de gabinete Alberto Fernández, el vicepresidente jugando de opositor, nuevas renuncias posteriores, sus bloques legislativos fragmentados y un Congreso que empezó a reflejar la crisis más general y a obligar al matrimonio a la negociación permanente. Con crisis en el proyecto político de recomponer el PJ, sufriendo desmembra-mientos y sectores que ahora se declaran y abonan a proyectos opositores desde el propio aparato del PJ. Con la CGT dividida y un agravamiento en la crisis de la CTA. Hasta los movimientos sociales y sectores del progresismo que cooptó en sus momentos de gloria y que fueron fervientes defensores de su política se tornaron críticos o hiceron las valijas frente a la debacle, como Libres del Sur, Ibarra o Bonasso. Ha fracaso un modelo político. El del doble discurso del falso antiimperialismo, los derechos humanos y la “nueva política”, que terminó siendo un presidencialismo casi monárquico. Ahora es volver al FMI y a los bonistas, reprimir, habilitar a las patotas y hacerse amigo de Rico y el regreso del viejo PJ, por cierto debilitado. Las bravatas de decidir todo entre cinco funcionarios amigos tuvieron que cambiarlas de emergencia por una negociación permanente en el Parlamento cada vez que quieren sacar un proyecto. Brotan los cuestionamientos por el autoritarismo, los superpoderes y la soberbia de manejar un país extorsionando con la plata del superávit, alquilando voluntades. El matrimonio presidencial siente el aislamiento y los analistas no sólo ven un escenario de derrota electoral en las legislativas del 2009, sino que no son pocos quienes, con mucha preocupación, pronostican que Cristina Kirchner va a tener crecientes dificultades en la gobernabilidad para concluir lo que resta de su mandato.
La crisis internacional agravó el fracaso del modelo económico
Desde el punto de vista económico, el “efecto jazz”, como se burló prematuramente la presidenta de esta crisis cualitativa de la economía capitalista, actúa sobre un modelo económico que ya venía fracasando. Porque no sólo cayó la quimera del crecimiento “con derrame”, del superávit que “volvía al pueblo”. Quedó en evidencia un modelo de concentración, no de distribución. La inflación fue el emergente principal. Los niveles de entrega leonina de los recursos naturales muestran que nada tiene que ver con la Venezuela bolivariana, como nos quiso hacer creer. Hay percepción de un modelo agotado que no ha resuelto los problemas estructurales como la inversión y la crisis energética, que dicen que va a costar millones en los próximos meses. Un modelo construido con el “viento de cola” de los altos precios internacionales de los “comodities”, que permitió dosificar las medidas de ajuste más antipáticas y generar una caja fiscal abultada. Que ahora se termina de derrumbar con la crisis internacional y el clima recesivo en ciernes. Y la respuesta es sólo una: descargar la crisis sobre los trabajadores con despidos y suspensiones, subsidiar y salvar a las patronales que se enriquecieron todos estos años y rellenar la caja política que le terminó de vaciar la crisis, para pagar la deuda y financiar el verso electoral del 2009.Así como durante toda la gestión K. los reclamos obreros y populares erosionaron al gobierno, también ha comenzado la resistencia al “paquete anticrisis”. Demostrando que la pauta acordada por gobierno, patronales y sindicalistas vendidos, de cambiar despidos por salario y aguantarse los “procedimientos de crisis” está lejos de pasar tranquila. Hasta los propios sectores de la burocracia sindical, presionados por las bases, tienen que salir a pedir medidas contra los despidos, convocar a movilizaciones e incluso se ven obligados a no abandonar los reclamos de salario, como en el caso de los mecánicos. La perspectiva es a un incentivo de estos reclamos. Al calor de los mismos seguirá madurando una nueva camada de luchadores y dirigentes combativos. Contra aquellas lejanas intenciones de CFK de barrerlos de la escena.
El mapa político del poskirchnerismo y la necesidad de una nueva alternativa
El efecto más importante de este negro año para los K. sin dudas fue la pérdida de base social; se produjo una masiva ruptura política con el gobierno. El hundimiento del kirchnerismo coloca la necesidad no solamente de pelear por medidas de emergencia para que la crisis la paguen los de arriba, sino de poner en pie otro modelo de país. Que ponga a tono a la Argentina con el proceso de cambio continental. Que recupere los recursos naturales y servicios privatizados, rompa la dependencia, termine con la concentración y distribuya la riqueza según las necesidades de los trabajadores, sectores medios y populares. Donde el pueblo decida democráticamente cómo reorganizar el país. Para luchar por imponer este modelo hace falta una nueva alternativa política. Que tenga vocación de poder y que en lo inmediato se postule para dar batalla en la lucha y en las elecciones del 2009. Porque hay una pugna por disputar ese vacío político: un nuevo mapa se está configurando y se necesita una alternativa verdaderamente opositora, amplia y unitaria desde la izquierda.La única “fortaleza” relativa del gobierno es que aún no se avizora una variante de recambio. Pero aceleradamente, desde los sectores del establishment, donde se habla de poskirchnerismo, se han comenzado a armar proyectos opositores con un ojo en el ahora y otro en las elecciones de 2009. El frente de Carrió con la UCR y el PS, con negociaciones con López Murphy e incluso Solá, habla de un proyecto desde la derecha. Así como el pergeñado desde los emigrados del PJ, Duhalde, el macrismo y otros exponentes de lo viejo. Por ello urge la necesidad y hay una oportunidad de dar pelea por izquierda, de vertebrar una alternativa, amplia y unitaria. De confluencia de la izquierda política y social, con todos los sectores que, provenientes de diversas tradiciones políticas, se postulen para enfrentar al gobierno y estén dispuestos a buscar los puntos de unidad en un programa de ruptura con el actual modelo y de construcción de un nuevo modelo de país al servicio de los de abajo. Lamentablemente, Pino Solanas y Proyecto Sur, De Gennaro y Lozano y el SI se han venido negando a esta confluencia y están dando pasos, junto a sectores que se bajan del averiado barco K., hacia otro armado de centroizquierda como los que ya fracasaron con el Frepaso y la Alianza. Desde el MST y el Espacio por una Nueva Izquierda seguiremos llamándolos a cambiar y confluir, así como al conjunto de la izquierda, para que la oportunidad no se pierda una vez más. Al tiempo que seguiremos avanzando hacia ese objetivo con todos aquellos que compartan esta tarea de primer orden.
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