El pasado 1º de octubre China celebró con una exhibición de su poderío militar en la histórica plaza de Tiananmen, sus 60 años de revolución.
Miles de militares desfilaron en formación, mientras los aviones sobrevolaban en un cielo totalmente despejado. El mayor ejército del mundo mostró - por primera vez ante el público - sus nuevos armamentos, como los misiles balísticos intercontinentales capaces, según los expertos, de alcanzar a Estados Unidos.
Fue un 1º de octubre pero de 1949, cuando Mao Tse Tung al mando de unas tropas poco menos que harapientas proclamaba en Pekín, la República Popular China.
El Ejército Rojo chino, apoyado en millones de campesinos pobres, derrotó primero a los invasores imperialistas japoneses y después al viejo dictador Chiang Kai Shek. El triunfo de la tercera revolución china terminaba así con casi cuatro décadas de guerra civil, mientras los oligarcas huían a la isla de Taiwán los campesinos tomaban tierras.
Era el golpe más duro que recibía el sistema mundial del imperialismo después de la Revolución Rusa de 1917.
Ese acontecimiento tendría repercusiones centrales en el mundo de la Guerra Fría. China, con la población más grande del mundo y el tercer territorio en extensión, se transformaría en un factor que ninguna de las dos superpotencias de entonces, Estados Unidos y la URSS, podrían ignorar.
La fundación de la Republica Popular China marcó el comienzo de las expropiaciones de tierras y la confiscación de empresas capitalistas. En los primeros años del nuevo régimen, tras años de guerras y luchas civiles devastadoras, China se convierte en un estado obrero, terminando con la hambruna de millones de personas y reduciendo considerablemente la tasa de analfabetismo.
Sin embargo, el hecho de que la revolución socialista triunfara en un país relativamente atrasado, sin una clase obrera urbana, con un campesinado enorme y muy combativo pero políticamente dominado por burócratas, creó las condiciones para la consolidación de una casta cuya política no era profundizar la revolución para acabar con el capitalismo sino más bien pactar con ellos.
Entre 1966 y 1969 estalla una dura interna entre distintas facciones de la burocracia del PC chino, mientras hay grandes movilizaciones protagonizadas por sectores populares y estudiantiles que denuncian a la burocracia y entra por primera vez en escena el movimiento obrero chino. Mao dice que es una “revolución cultural proletaria” y termina enviando al ejército a reprimir.
En 1972, mientras EE.UU. bombardea Vietnam, Mao recibe con todos los honores al presidente yanqui Richard Nixon.
Tras la muerte de Mao acaecida en 1976, será la facción encabezada por Deng Shiao Ping, quien inicie un proceso de restauración capitalista del gigante asiático.
En 1989, como parte de la ola antiburocrática de Europa del Este, surge en China un gran movimiento disidente compuesto esencialmente por estudiantes que reclaman mayor democracia. Muñidos de banderas rojas ocupan la histórica plaza de Tiananmen. También surgen algunos sindicatos independientes. El régimen burocrático aplastó el movimiento a sangre y fuego dejando cientos de muertos y desaparecidos.
¿Dónde va China?
El 60 aniversario de la revolución china celebra también la transformación de los últimos 30 años.
Mientras sus indicadores económicos muestran un crecimiento económico con tasas anuales que oscilan entre 8 y el 12 %, los costos sociales de este “Comunismo de Mercado” son elocuentes. En un país poblado por 1.300 millones de habitantes, no menos de 700 millones se encuentran sumergidas en la pobreza. Hay varias razones para haber llegado a este punto: la globalización tuvo en China el mismo efecto que en el resto del planeta -sus beneficios tienden a ir casi exclusivamente a los más ricos, sin producir el «derrame» social que sus partidarios predijeron-, el control partidario de todo el proceso ha dejado abierto al sistema a la acción predatoria de la corrupción y el surgimiento de nuevas industrias y servicios ha hecho que la producción agrícola haya caído del 29 al 12 % del PBI en poco más de una década.
Según las últimas encuestas, China es el primer exportador a nivel global, tiene las mayores reservas del mundo y con su demanda revolucionó el mercado de materias primas revirtiendo una caída histórica permanente en los valores de estos productos
Por esta razón las protestas en el sector campesino no pueden ser ocultadas y son centenares al año. Y no solo existe una tremenda desigualdad social, sino que la economía china se está convirtiendo en un gran destructor de la naturaleza.
En el plano económico, en cambio, el 90% de la producción industrial se encuentra en manos privadas.
La presencia china en África y América Latina ha llevado a muchos a hablar del nuevo imperialismo chino.
En efecto, más de 700 empresas chinas funcionan en los países africanos de los que China importa cerca del 30 por ciento de sus necesidades energéticas.
Aunque las inversiones son bien recibidas en un continente en apuros, las empresas chinas también generan descontento en los trabajadores africanos, como quedó demostrado en el conflicto minero en Zambia, por las severas condiciones de trabajo.
Al silencioso pero persistente descontento, a la miseria que desde el oeste va cercando las opulentas ciudades, ahora hay que sumarle el huracán de la crisis financiera internacional.
China está en manos de una burocracia represiva, que metió al capitalismo en el país y que proyecta su modelo hacia sectores de la burocracia cubana. La China de hoy está cada vez más lejos del socialismo.
Miles de militares desfilaron en formación, mientras los aviones sobrevolaban en un cielo totalmente despejado. El mayor ejército del mundo mostró - por primera vez ante el público - sus nuevos armamentos, como los misiles balísticos intercontinentales capaces, según los expertos, de alcanzar a Estados Unidos.
Fue un 1º de octubre pero de 1949, cuando Mao Tse Tung al mando de unas tropas poco menos que harapientas proclamaba en Pekín, la República Popular China.
El Ejército Rojo chino, apoyado en millones de campesinos pobres, derrotó primero a los invasores imperialistas japoneses y después al viejo dictador Chiang Kai Shek. El triunfo de la tercera revolución china terminaba así con casi cuatro décadas de guerra civil, mientras los oligarcas huían a la isla de Taiwán los campesinos tomaban tierras.
Era el golpe más duro que recibía el sistema mundial del imperialismo después de la Revolución Rusa de 1917.
Ese acontecimiento tendría repercusiones centrales en el mundo de la Guerra Fría. China, con la población más grande del mundo y el tercer territorio en extensión, se transformaría en un factor que ninguna de las dos superpotencias de entonces, Estados Unidos y la URSS, podrían ignorar.
La fundación de la Republica Popular China marcó el comienzo de las expropiaciones de tierras y la confiscación de empresas capitalistas. En los primeros años del nuevo régimen, tras años de guerras y luchas civiles devastadoras, China se convierte en un estado obrero, terminando con la hambruna de millones de personas y reduciendo considerablemente la tasa de analfabetismo.
Sin embargo, el hecho de que la revolución socialista triunfara en un país relativamente atrasado, sin una clase obrera urbana, con un campesinado enorme y muy combativo pero políticamente dominado por burócratas, creó las condiciones para la consolidación de una casta cuya política no era profundizar la revolución para acabar con el capitalismo sino más bien pactar con ellos.
Entre 1966 y 1969 estalla una dura interna entre distintas facciones de la burocracia del PC chino, mientras hay grandes movilizaciones protagonizadas por sectores populares y estudiantiles que denuncian a la burocracia y entra por primera vez en escena el movimiento obrero chino. Mao dice que es una “revolución cultural proletaria” y termina enviando al ejército a reprimir.
En 1972, mientras EE.UU. bombardea Vietnam, Mao recibe con todos los honores al presidente yanqui Richard Nixon.
Tras la muerte de Mao acaecida en 1976, será la facción encabezada por Deng Shiao Ping, quien inicie un proceso de restauración capitalista del gigante asiático.
En 1989, como parte de la ola antiburocrática de Europa del Este, surge en China un gran movimiento disidente compuesto esencialmente por estudiantes que reclaman mayor democracia. Muñidos de banderas rojas ocupan la histórica plaza de Tiananmen. También surgen algunos sindicatos independientes. El régimen burocrático aplastó el movimiento a sangre y fuego dejando cientos de muertos y desaparecidos.
¿Dónde va China?
El 60 aniversario de la revolución china celebra también la transformación de los últimos 30 años.
Mientras sus indicadores económicos muestran un crecimiento económico con tasas anuales que oscilan entre 8 y el 12 %, los costos sociales de este “Comunismo de Mercado” son elocuentes. En un país poblado por 1.300 millones de habitantes, no menos de 700 millones se encuentran sumergidas en la pobreza. Hay varias razones para haber llegado a este punto: la globalización tuvo en China el mismo efecto que en el resto del planeta -sus beneficios tienden a ir casi exclusivamente a los más ricos, sin producir el «derrame» social que sus partidarios predijeron-, el control partidario de todo el proceso ha dejado abierto al sistema a la acción predatoria de la corrupción y el surgimiento de nuevas industrias y servicios ha hecho que la producción agrícola haya caído del 29 al 12 % del PBI en poco más de una década.
Según las últimas encuestas, China es el primer exportador a nivel global, tiene las mayores reservas del mundo y con su demanda revolucionó el mercado de materias primas revirtiendo una caída histórica permanente en los valores de estos productos
Por esta razón las protestas en el sector campesino no pueden ser ocultadas y son centenares al año. Y no solo existe una tremenda desigualdad social, sino que la economía china se está convirtiendo en un gran destructor de la naturaleza.
En el plano económico, en cambio, el 90% de la producción industrial se encuentra en manos privadas.
La presencia china en África y América Latina ha llevado a muchos a hablar del nuevo imperialismo chino.
En efecto, más de 700 empresas chinas funcionan en los países africanos de los que China importa cerca del 30 por ciento de sus necesidades energéticas.
Aunque las inversiones son bien recibidas en un continente en apuros, las empresas chinas también generan descontento en los trabajadores africanos, como quedó demostrado en el conflicto minero en Zambia, por las severas condiciones de trabajo.
Al silencioso pero persistente descontento, a la miseria que desde el oeste va cercando las opulentas ciudades, ahora hay que sumarle el huracán de la crisis financiera internacional.
China está en manos de una burocracia represiva, que metió al capitalismo en el país y que proyecta su modelo hacia sectores de la burocracia cubana. La China de hoy está cada vez más lejos del socialismo.
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