Hay que terminar con las causas profundas de opresión sobre la mujer y avanzar en la construcción de una sociedad nueva, socialista.
Por Carolina Dome
Ante el anacronismo de la sociedad patriarcal, según el cual el género masculino es representante único de la especie humana en la esfera pública, fueron surgiendo cuestionamientos que intentan replantear nuestro rol como mujeres y reivindicar la diversidad de géneros.
El mundo entero es escenario de trascendentes conquistas de las mujeres y las minorías sexuales, en el campo del trabajo, la política, la ciencia, la educación y la familia. Sin embargo, aún estamos lejos de una verdadera equidad de géneros que erradique la opresión machista. Además, los sectores postergados económicamente son los que más sufren todas las desigualdades sociales, incluidas las de género, y esto se debe a causas muy profundas.
Razones de la opresión
Hace casi un siglo, la incansable revolucionaria alemana Clara Zetkin propuso celebrar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Así lo aprobó la IIª Conferencia Mundial de Mujeres Socialistas en Dinamarca en 1910 y desde entonces se celebra el 8 de Marzo como nuestro día. Más recientemente, el concepto de defensa de los derechos de la mujer y de la trabajadora se ha fortalecido ideológicamente al sumar el de equidad de género. Igualdad de derechos no significa borrar las diferencias sino valorar las singularidades.
La dictadura del capital se asienta sobre la dictadura del patriarcado, que es preexistente, al servicio de reproducir el capitalismo. La apropiación de la burguesía sobre los medios de producción requirió de un andamiaje socio-económico previo, de sometimiento y exclusión contra quienes no tienen la condición de propietarios: los asalariados -ocupados o no- y las mujeres. A la mujer, por su supuesta inferioridad “natural”, se la confinó al trabajo doméstico no remunerado para que garantice día a día la capacidad productiva del obrero. ¿A quién beneficia esto? Obviamente, al empresario que explota a ese trabajador.
El mandato patriarcal justifica esta opresión en nombre de las “muestras de amor” que la mujer debe brindar a su familia, sin recibir salario alguno. Que haya una “jubilación” mínima para las amas de casa confirma que en realidad esas tareas son un verdadero trabajo, que la sociedad capitalista no paga pero del cual se beneficia.
Siendo un avance, la posterior entrada masiva de las mujeres al mundo del trabajo generó nuevas desigualdades. Si bien en los sectores populares las mujeres entramos y salimos del empleo según los vaivenes de la economía, esa práctica se masificó en nuestro país desde los años ’80. Nuestro justo reclamo de independencia económica fue absorbido por las políticas neoliberales. Con la flexibilización, el salario medio de un trabajador cayó a la mitad y la mujer salió a compensar el ingreso familiar con su fuerza de trabajo. Aun manteniendo la sobrecarga que significan las tareas hogareñas, nuestro ingreso promedio es un 25% inferior al de los varones. Según el INDEC, a junio el ingreso medio era de 1.600 pesos para los hombres y de 1.200 para las mujeres.
A su vez, el acceso de la mujer a la adquisición de bienes y servicios la ha convertido en un nuevo sujeto de consumo. A nosotras se dirigen las nuevas estrategias de mercado, que incluyen la sistemática y degradante “cosificación sexual” que intenta manipular nuestra vida erótica y nuestra libertad sexual. Por su parte, el conjunto de minorías sexuales son sometidas a la opresión y discriminación cotidiana.
Iguales derechos hacia una sociedad distinta
Las políticas gubernamentales comenzaron a poner el ojo en la participación pública de las mujeres. Entre loas a la “emancipación femenina”, proponen candidatas mujeres que en verdad se convierten en paladines de la política machista. Un ejemplo es CFK, que desde su asunción como presidenta no promulgó ni una sola medida en defensa de los derechos de las mujeres y minorías sexuales. Tanto ella como Carrió y Michetti, además, se oponen a despenalizar el aborto.
Desde el Estado sólo se promueven políticas clientelares que reducen a las mujeres a cuerpos presos de su biología -como la pensión por madre soltera o el plan jefas-, lógica que sólo los movimientos sociales han revertido construyendo nuevos modos de participación popular y política.
Los discursos sobre “participación femenina”, que desde los ’80 son parte del ideario posmoderno, buscan reducir el papel de las mujeres a la “participación local”. Así lo señalan los documentos del Banco Mundial, como el arreglo de problemas barriales que el Estado omitió resolver. De ese modo intentan invisibilizar la participación social y política de las mujeres como tales y sus luchas junto a los varones, que de uno u otro modo cuestionan bases del sistema.
La tarea de transformar la sociedad es también de mujeres. Y nos plantea llevar a cabo una genuina revolución en lo político, intelectual, económico, social y cultural, donde la plena unión entre revolucionarias y revolucionarios es indispensable. Te invitamos a luchar por un sistema de nuevas relaciones humanas, basado en valores de equidad, para promover un ambiente sano y la dignidad de todos sus integrantes, sin explotación ni opresión. Construir juntas y juntos una herramienta política es necesario para lograr esa sociedad nueva, libre, socialista.
Por Carolina Dome
Ante el anacronismo de la sociedad patriarcal, según el cual el género masculino es representante único de la especie humana en la esfera pública, fueron surgiendo cuestionamientos que intentan replantear nuestro rol como mujeres y reivindicar la diversidad de géneros.
El mundo entero es escenario de trascendentes conquistas de las mujeres y las minorías sexuales, en el campo del trabajo, la política, la ciencia, la educación y la familia. Sin embargo, aún estamos lejos de una verdadera equidad de géneros que erradique la opresión machista. Además, los sectores postergados económicamente son los que más sufren todas las desigualdades sociales, incluidas las de género, y esto se debe a causas muy profundas.
Razones de la opresión
Hace casi un siglo, la incansable revolucionaria alemana Clara Zetkin propuso celebrar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Así lo aprobó la IIª Conferencia Mundial de Mujeres Socialistas en Dinamarca en 1910 y desde entonces se celebra el 8 de Marzo como nuestro día. Más recientemente, el concepto de defensa de los derechos de la mujer y de la trabajadora se ha fortalecido ideológicamente al sumar el de equidad de género. Igualdad de derechos no significa borrar las diferencias sino valorar las singularidades.
La dictadura del capital se asienta sobre la dictadura del patriarcado, que es preexistente, al servicio de reproducir el capitalismo. La apropiación de la burguesía sobre los medios de producción requirió de un andamiaje socio-económico previo, de sometimiento y exclusión contra quienes no tienen la condición de propietarios: los asalariados -ocupados o no- y las mujeres. A la mujer, por su supuesta inferioridad “natural”, se la confinó al trabajo doméstico no remunerado para que garantice día a día la capacidad productiva del obrero. ¿A quién beneficia esto? Obviamente, al empresario que explota a ese trabajador.
El mandato patriarcal justifica esta opresión en nombre de las “muestras de amor” que la mujer debe brindar a su familia, sin recibir salario alguno. Que haya una “jubilación” mínima para las amas de casa confirma que en realidad esas tareas son un verdadero trabajo, que la sociedad capitalista no paga pero del cual se beneficia.
Siendo un avance, la posterior entrada masiva de las mujeres al mundo del trabajo generó nuevas desigualdades. Si bien en los sectores populares las mujeres entramos y salimos del empleo según los vaivenes de la economía, esa práctica se masificó en nuestro país desde los años ’80. Nuestro justo reclamo de independencia económica fue absorbido por las políticas neoliberales. Con la flexibilización, el salario medio de un trabajador cayó a la mitad y la mujer salió a compensar el ingreso familiar con su fuerza de trabajo. Aun manteniendo la sobrecarga que significan las tareas hogareñas, nuestro ingreso promedio es un 25% inferior al de los varones. Según el INDEC, a junio el ingreso medio era de 1.600 pesos para los hombres y de 1.200 para las mujeres.
A su vez, el acceso de la mujer a la adquisición de bienes y servicios la ha convertido en un nuevo sujeto de consumo. A nosotras se dirigen las nuevas estrategias de mercado, que incluyen la sistemática y degradante “cosificación sexual” que intenta manipular nuestra vida erótica y nuestra libertad sexual. Por su parte, el conjunto de minorías sexuales son sometidas a la opresión y discriminación cotidiana.
Iguales derechos hacia una sociedad distinta
Las políticas gubernamentales comenzaron a poner el ojo en la participación pública de las mujeres. Entre loas a la “emancipación femenina”, proponen candidatas mujeres que en verdad se convierten en paladines de la política machista. Un ejemplo es CFK, que desde su asunción como presidenta no promulgó ni una sola medida en defensa de los derechos de las mujeres y minorías sexuales. Tanto ella como Carrió y Michetti, además, se oponen a despenalizar el aborto.
Desde el Estado sólo se promueven políticas clientelares que reducen a las mujeres a cuerpos presos de su biología -como la pensión por madre soltera o el plan jefas-, lógica que sólo los movimientos sociales han revertido construyendo nuevos modos de participación popular y política.
Los discursos sobre “participación femenina”, que desde los ’80 son parte del ideario posmoderno, buscan reducir el papel de las mujeres a la “participación local”. Así lo señalan los documentos del Banco Mundial, como el arreglo de problemas barriales que el Estado omitió resolver. De ese modo intentan invisibilizar la participación social y política de las mujeres como tales y sus luchas junto a los varones, que de uno u otro modo cuestionan bases del sistema.
La tarea de transformar la sociedad es también de mujeres. Y nos plantea llevar a cabo una genuina revolución en lo político, intelectual, económico, social y cultural, donde la plena unión entre revolucionarias y revolucionarios es indispensable. Te invitamos a luchar por un sistema de nuevas relaciones humanas, basado en valores de equidad, para promover un ambiente sano y la dignidad de todos sus integrantes, sin explotación ni opresión. Construir juntas y juntos una herramienta política es necesario para lograr esa sociedad nueva, libre, socialista.
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